martes, 21 de marzo de 2017

Los refranes de tu vida: María Campra Peláez



Hola de nuevo a todos los amantes de los refranes que visitáis esta sección, ¡bienvenidos!

Hoy taigo la amable colaboración de una bloguera a la que, a pesar de sus varios cambios de nombre y look a lo largo de su trayectoria, muchos ya conocéis y seguís sin perderle la pista. Para mí ella encarna la búsqueda incansable y valiente del sueño de ser escritora de profesión (y a buen seguro que lo alcanza, no me cabe ninguna duda). Su nombre es María Campra Peláez

Es muy fácil enamorarse de las historias y de la imaginación inagotable y prolífica de María, pero además a mí me seduce su estilo sencillo y directo a la hora de redactar. Ella escribe siempre a corazón abierto, sin artificios ni técnicas rebuscadas, y por eso es capaz de conectar tan fácilmente con todos nosotros, sus entregados lectores. No importa qué tema elija o en qué formato decida expresarse. 

Hace mucho que la conozco, y en este tiempo he aprendido a apreciar en lo que realmente valen su honestidad y su humildad. Ella lo mismo te regala un relato de ficción delicioso que una experiencia personal en la que no sale precisamente bien parada. Esa naturalidad, esa vitalidad, ese compartirse ella misma en todo lo que emprende, es lo que traslucen sus risas guasonas, sus aventuras de madre de dos hijas pequeñas, su compañerismo a la hora de colaborar en cualquier proyecto, su entrega cuando hace una crítica ante algo que considera injusto. María es como el agua fresca, tal cual.

Me apuesto lo que sea a que cualquiera que lea estas líneas ya está deseando visitar su bitácora, y os lo voy a poner fácil. En otro tiempo se llamó “Escritora Mamá”, pero tras un reciente cambio ahora se llama "Encantadora de Cuentos" (solo tenéis que pinchar en el nombre para aterrizar directamente en su blog). Id sin prisas, hay mucho que disfrutar en su casa. 

También os dejo el enlace a una nueva Comunidad de Google recientemente inaugurada por María junto a otro compañero nuestro, Ramón Márquez Ruíz. Le han dado por nombre "Encantadores de Luz". Está recién nacida, pero le auguro un gran éxito (ese al menos es mi deseo).

Y ahora os dejo con ella y con “los refranes de su vida”, unos poquitos al menos, rescatados directamente de su niñez para compartirlos con nosotros. Un millón de gracias por prestarte a participar tan generosamente en esta sección, María. 




Mucho tiempo llevo queriendo escribir esta entrada para Julia. En mi casa los refranes siempre han estado a la orden del día. Mi madre los tenía todo el día en la boca. Ahora que Julia ha hecho esta recopilación y yo me he puesto a pensar en ellos, me he dado cuenta de que se me han olvidado muchos de los que ella usaba. Pero he podido acordarme de algunos.

                Una de las cosas que mi madre me decía siempre era:

Tú, ver, oír y callar que era el sustituto de En boca cerrada no entran moscas. Mi madre siempre nos llevaba a mi hermana y a mí a todas partes. Cuando quedaba con sus amigas y hablaban de sus cosas, estas eran las frases que solía utilizar.

                Todos los días para irnos a la cama le dábamos un beso de buenas noches, y todas las mañanas el beso de buenos días. Eso sí, entre medias besos a todas horas. Es que en nuestra casa somos muy besuconas. Si algún día se nos olvidaba por algo mi madre solía gritarnos desde el salón:

Mucho te quiero perrito, pero de comer poquito. Esta frase también era utilizada cuando le pedíamos algo, nos decía esta frase, entonces la llenábamos de besos y algunas veces conseguíamos nuestro propósito, aunque he de reconocer que no siempre.

                Mi hermana siempre ha sido un poquito despistada, y siempre que pasaba por alguna parte solía tirar o romper algo. (Ahora esa capacidad la ha heredado mi hija pequeña). Mi madre la llamaba Atila y solía decirle:

Por donde pasa Atila, no vuelve a crecer la tierra. Ahora se lo digo yo a mi peque.

                Una de esas frases de madre, que mi madre decía sin cansarse y que ahora repito yo con su imagen en la cabeza era:

Cuando seas madre comerás huevos. Creo que no necesita explicación porque seguro que todos lo hemos oído en nuestras casas.

                Uno de los refranes que utilizaba poco pero que a mí me hacía mucha gracia, porque estaba en latín era:

Excusatio non petita, acusatio manifiesta. En su momento yo no sabía lo que significaba, mi madre siempre me lo decía cuando yo intentaba darle demasiadas explicaciones de porqué había suspendido un examen o porque había hecho cualquier cosa. Esa frase siempre conseguía hacer que me fuera a mi cuarto enfadada.

      Mi madre nació en Granada y gracias a eso viajábamos mucho a esa ciudad. Uno de los refranes típicos de Granada que ella repetía en sus distintas versiones era:

Quién tiene un tío en Graná, ni tiene tío ni tiene ná. Y quien dice tío, dice novio, amigo o cualquier variedad.

                Cuando mi madre me decía que no cuando le pedía algo y yo le preguntaba hasta la saciedad el porqué de su no, ella acababa diciéndome:

A buen entendedor, pocas palabras bastan. Ahí se acababa cualquier discusión.

                Un refrán típico de mi abuela cuando yo iba en manga corta en mayo, con frío, porque ese día se levantaba algo de viento, ella me decía y me sigue diciendo:

Hasta el 40 de mayo no te quites el sayo. Yo siempre le tengo que dar la razón.

                Y hasta aquí mis refranes por hoy. La verdad es que me quedan muchos en el tintero, pero mi memoria me traiciona. Agradecer a Julia esta oportunidad de volver a traer algunos que ya tenía olvidados. Espero que disfrutéis. Y vosotros, ¿usáis alguno de los que nombro?

miércoles, 15 de marzo de 2017

Gina (II)



Si te perdiste la primera parte pincha aquí



La semana se presentaba ajetreada; una tras otra todas las hojas de su agenda mostraban citas importantes con jefes y clientes. La campaña publicitaria para el lanzamiento de la nueva fragancia, de la que Alberto era el máximo responsable, debía estar lista dentro de un plazo de tiempo muy concreto. No había tiempo que perder ni pizca de creatividad que desperdiciar, pero el caso es que él tenía la cabeza en otra parte desde la noche en que conoció a Gina.

En realidad no estaba dispuesto a admitir que su interés iba más allá de la mera curiosidad, así que en el transcurso de sus indagaciones inventó todo tipo de excusas que ni él mismo llegó a creerse. Removió cielo y tierra, con disimulo primero y con más descaro después, para conseguir su número de teléfono. Al fin la suerte se puso de su parte y logró que sus amigos, previas mofas, le facilitaran una forma de contacto y un pretexto: Carlos, su mejor amigo, había encontrado el estuche de las lentillas que Gina había perdido. Al parecer estuvo en el cuartito que hacía las veces de camerino con cierta rubia escultural que no pudo resistirse a sus encantos. Después de todo era una fiesta, ¿no? –argumentó Carlos ante el ceño fruncido de Alberto.

Gina no pertenecía a ninguna agencia conocida, sino que había sido una recomendación de una amiga de un amigo de un compañero de no se sabía bien quién; de ahí la dificultad en localizarla. El caso es que cuando vieron su book les pareció perfecta para embromar al homenajeado y acabaron contratándola. Quién iba a imaginar que tendría aquel efecto sobre el “dandy” sin corazón que hasta ese momento había sido Alberto.

A pesar de tener el número no fue fácil hablar con Gina; ella no le prestaba mucha atención al teléfono móvil, y menos si la llamaban desde un número desconocido. En plenos exámenes del conservatorio y teniendo que trabajar para costearse los estudios, no le quedaban ni ganas ni tiempo para distracciones. Disciplinada, trabajadora y con sus metas claras, así era Gina. Aunque las normas establecían que no hubiera citas con los clientes fuera de los eventos programados, la perspectiva de recuperar sus lentillas fue un incentivo más que suficiente. Se citaron a las siete en una cafetería del centro.

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Los “niños pijos” siempre le habían dado urticaria, los detestaba por principio. No es que en su entorno frecuentara personalmente a muchos, pero en su cabeza todos eran unos guaperas engreídos que tenían la vida resuelta sin esfuerzo gracias a las chequeras de papá. Más interesados en las apariencias que en las verdaderas esencias de las personas, le resultaban superficiales y vacíos, unos inútiles de cuidado que creían que podían tener todo lo que desearan solo por ser quienes eran. Con esa forma de pensar no es de extrañar que Gina acudiera a la cita investida de toda la dignidad que pudo reunir y con la guardia bien alta, por si acaso tenía que poner en su sitio al tal Alberto. Si aceptó compartir un café fue tan solo porque en la calle hacía un frío espantoso, porque tenía hambre (ella casi siempre tenía hambre) y porque aquel tipo se había ofrecido a invitarla. Bueno, quizás también porque su sonrisa le había parecido acogedora.

 
El local, de luz cálida y bien acondicionado frente a lo intempestivo del clima, invitaba sin duda a la charla. Después de algunos balbuceos y tropiezos iniciales con las palabras, de algunos silencios más llenos de curiosidad mutua que de incomodidad, la conversación fluyó con total naturalidad. Tras dos capuccinos él concluyó que ella era encantadora, no muy guapa pero sí increíblemente interesante; y ella que él era la excepción a todos los niños pijos del mundo: un tipo culto, atractivo e inteligente que trabajaba tanto o más que ella para lograr lo que quería. Nada que ver con el ligón de playa que había imaginado. A ratos las miradas se les quedaban enredadas sin querer, verde contra avellana, y perdían unos segundos el hilo de lo que estaban diciendo. Gina no podía evitar acariciar las puntas de su pelo cuando advertía que él estaba mirando su boca, por más que sabía que ese gesto denotaba inseguridad. No le importó mostrar su vulnerabilidad al comprobar que él daba vueltas al sello de su dedo anular de forma incesante cada vez que ella le sonreía. Estaban en paz, le pareció a ella.

Todo estaba yendo muy bien, estaba siendo un encuentro realmente agradable y prometedor hasta el mismo instante en que Alberto,  sintiendo que ya tenía la confianza suficiente con ella, le preguntó por qué se marchó llorando la noche de su cumpleaños. Como en un fastidioso déjà vu a Gina volvieron a inundársele los ojos de lágrimas. Ni podía ni deseaba hablar del tema por la impresión que le causaba, así que le dió las gracias a Alberto, se despidió apresuradamente de él y, tomando su abrigo, salió a toda prisa de la cafetería. 

La temperatura había bajado más aún y sintió la humedad en su rostro como una bofetada helada. 

Julia C.