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sábado, 18 de noviembre de 2017

Salmón ahumado y guindas con licor



Él es escritor. Es una profesión difícil porque, aparte del talento natural que cada cual pueda tener, supone convivir con esas extrañas criaturas que son las Musas y estar siempre a expensas de sus caprichos. Eso puede sacar de quicio a cualquiera, especialmente las temporadas en que se muestran esquivas y traicioneras, como parece ser la situación actual en el caso de mi marido.  No todos los que se dedican al oficio de contar historias tienen el apoyo incondicional de la pareja, pero él sí. Yo siempre he estado a su lado, siempre he procurado ayudarle en todo y ya que no soy su fuente de inspiración desde el día después de nuestra boda (cosas del genio de los escritores) procuro al menos darle buenos consejos sobres las tipas ésas, las Musas. Al fin y al cabo yo soy mujer y puedo entenderlas mejor, ¿no?

Al principio me escuchaba con la sonrisa en los labios, quizás con un deje de condescendencia, y trataba de explicarme que “no funcionaba así, que no se las podía sobornar con champán caro y vestidos de moda”. Más tarde y ante mi insistencia en ayudarle con nuevas y originales propuestas, intentaba evitar el tema. Ahora hemos llegado al punto en que parece francamente irritado si consigo traerlo, como de forma casual, a la conversación (y  debo decir que lo intento con frecuencia, tanto es lo que me preocupo por él y por su carrera). El caso es que ante su cabezonería y mi impotencia, se ha secado la fuente: ¡hace dos largos años que esas ingratas no le visitan y no consigue publicar nada! 

No es que necesitemos el dinero con urgencia, tenemos unos ahorros y algunas propiedades que yo heredé a la muerte de mi padre y que podríamos vender, pero es que él necesita trabajar y yo necesito saberle realizado. Al fin y al cabo es Mi Hombre y no puedo consentir que sea infeliz por culpa de Otras, ¡hasta ahí podíamos llegar! Hago y haré siempre todo lo necesario.

Así estaban las cosas cuando esta mañana, después de su acostumbrado paseo, ha subido las escaleras como una exhalación, directo a su despacho, ¡y sin darme ninguna explicación! He tenido que enterarme registrando sus cosas de que piensa presentarse a un concurso titulado “Brujas”. No se me antoja un tema muy original y la verdad es que me gustaría que me lo hubiese comentado, pero parece que a él le motiva y eso es lo importante.  

Nunca me deja leer sus trabajos antes de publicarlos o de haberlos presentado a los certámenes, dice que se rompería el vínculo sagrado que mantiene con sus obras, el cordón umbilical que las preserva de toda contaminación exterior. No sé por qué dice eso, yo soy una mujer limpia y aseada, además de culta y sensata, ¡nunca se me ocurriría tocar un manuscrito con las manos sucias! A veces confieso que me suena a excusa para mantenerme al margen de lo que hace, pero lo respeto. Me uní a él en lo bueno y en lo malo y a pesar de sus manías no pienso faltar a esa promesa.

Las cosas van mucho mejor, ya han empezado a cambiar, y aunque no quiero decir nada al respecto, siento que yo tengo mucho que ver en ello. Como esposa abnegada y generosa que soy callo prudente para no robarle su momento y le acompaño a recoger el sustancioso premio económico que ha ganado en el concurso sobre “Brujas”. Los dos vamos muy guapos, estrenando de pies a cabeza, ¡es una gran ocasión! Me he hecho las uñas y las mechas, no quiero ser menos que ninguna de las otras acompañantes femeninas. Además, también es un poco mi fiesta. Él debe de encontrarme irresistible aunque no diga nada: me ha dejado cogerme de su brazo de buen grado y posamos juntos para las fotos de la prensa. Se nota que está feliz. Lo más emocionante será cuando lean un fragmento de su relato y al fin pueda saber más sobre su brillante obra, ¡estoy tan impaciente!

Lo he meditado largamente, no quería dejarme llevar por el enfado del momento, pero está decidido: él no merece mis desvelos ni mi ayuda. ¡Apenas puedo creer que la bruja de su relato estuviera inspirada, palabra por palabra, en mí! ¿Licencias de escritor?, ¿parecidos “casuales” entre la protagonista y yo? ¿demasiada susceptibilidad por mi parte? Estupideces, es así exactamente como él me ve; pero lo va a lamentar.

Está algo demacrada por la falta de sol y quizás un poco más delgada, aunque quiero que conste que me he esforzado por alimentarla correctamente. Dejarla salir afuera, como es natural, no podía. Él tenía razón en que “las cosas no funcionaban así” porque no se atrae a una Musa con champán y vestidos de moda, sino con canapés de salmón ahumado y bombones de guindas con licor. Tanto tiempo y esfuerzo para averiguarlo, tantos intentos fallidos antes del éxito y ahora que por fin conseguí capturar a una la voy a tener que soltar. 

¡A ver cómo consigue escribir algo decente mi “querido” esposo sin la musa en el sótano!

Julia C.


Este relato ha obtenido una mención honorífica al quedar en el cuarto puesto en la convocatoria de noviembre del concurso "El Tintero de oro".

miércoles, 13 de enero de 2016

Aprendiendo de mis errores



Habíamos llegado a un acuerdo, o eso creía yo: “idos unos días si queréis; yo estaré ocupada y no os necesito. Es tonto que perdáis el tiempo conmigo porque no os podré atender”

Ellas asintieron a coro, unas más sonrientes que otras, alguna incluso con el ceño fruncido no entiendo por qué: vacaciones son vacaciones.

Cogieron sus escasas y estrambóticas pertenencias y salieron de mi casa. Las vi marcharse entre neblinas de colores sin prestar mucha atención, lo reconozco; y sin sentir mucho pesar, eso también lo reconozco. Al fin y al cabo la idea era reencontrarnos al poco, justo después de las fiestas.  

Pero las fiestas han terminado, yo ya lo tengo todo preparado para el reencuentro y sin embargo ellas no vuelven. Ahora comprendo que quizás no tuve demasiado tacto a la hora de despedirlas, quizás no les di las gracias debidamente por todo lo que hasta ese momento habíamos compartido, quizás no pensé más que en mí sin detenerme a analizar lo que para ellas podía suponer la separación. Tantos “quizás” que ahora me pesan como una losa y por los que estoy pagando el precio.

He usado todos los trucos que conozco: invocarlas en silencio con los ojos cerrados frente a mi ordenador; usar sus ambientadores favoritos, esos que nunca fallaron a la hora de la inspiración evocativa; tratar de dormirme con ellas en el pensamiento de forma consciente; observar todo a mi alrededor con detenimiento, escudriñando detalles que pudieran disparar como gatillo el argumento de una nueva historia; releer viejos textos a medio terminar, esos que inconstantes me susurraron al oído justo antes de cambiar el rumbo de sus sugerencias,  dejándolos incompletos y con algún miembro narrativo de menos.

Nada, las Musas ya no revolotean como solían por mi casa y por mi mente. No hay nada que hacer al respecto.

Estoy por salir a pegar carteles por el barrio, por si alguien puede darme razón de su paradero, pero quizás terminara en un psiquiátrico donde jamás me encontrarían. No, no quiero arriesgarme. Solo me queda esperar.

Si alguien tiene una sugerencia o puede prestarme temporalmente a sus musas… He aprendido la lección y de ahora en adelante prometo tratarlas muy bien.

Julia C. 


Código 1601136242815
Fecha 13-ene-2016 13:25 UTC
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