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jueves, 2 de julio de 2015

Marioneta: La liberación (parte III)


Sobre la mesa, junto al manuscrito, reposa el frasco de veneno. Desde que lo adquirí y lo dejé a la vista el argumento de mi vida se ha ralentizado, lo que me produce una increíble sensación de euforia. El montón de hojas crece más lentamente y creo que “ellos” han entendido la amenaza, pero no es suficiente. 

He puesto mis cosas en orden, me he despedido de los que me quieren por si no saliera todo como está previsto y el día elegido bebo el amargo líquido con temor, pero también con esperanza.

Estuve muerto, me consta, porque así lo atestiguan mis labios morados y mis córneas empañadas como cristales sucios. Pero conseguí volver.

Estaba pactado que al límite de lo razonable para pretender seguir en este mundo, un amigo de toda confianza viniera a administrarme el antídoto y me lo hiciera ingerir de la mejor forma que pudiera, metiéndolo directamente en mi gaznate si fuese preciso. Y fue preciso, por cierto, aún arrastro las secuelas de aquel “favor”.

Pasar por muerto, ser inservible a los propósitos de quienes siempre me habían mandado, era la única forma de librarme de ellos. Y funcionó. Al regreso de mi muerte no sentía el más mínimo impulso de tomar la pluma, ninguna frase pugnaba por salir de mi cabeza valiéndose de la escritura, el argumento de mi historia estaba inconcluso y no había prevista continuación sobre el papel. Era libre, una marioneta al fin desprovista de sus hilos.

Nunca más me atreví a escribir ni una sola letra, por si eso pudiera ponerlos sobre mi pista de nuevo...

Fin.

Julia C.

Para leer las otras partes pincha aquí: parte I / parte II


Si quieres leer la tercera parte de María pincha aquí
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lunes, 29 de junio de 2015

Marioneta: La liberación (parte II)



Los días pasan y el papel preñado de tinta y momentos de mi vida se va amontonando sobre la mesa. Es una visión escalofriante, porque cuanto más altura gana, menos existencia creo que me queda. Apenas como, me cuesta conciliar el sueño. Solo puedo pensar en esa blancura emborronada de letras temblorosas que más seriamente amenaza con aniquilarme cuanto más la alimento.

He probado a hacer cosas diferentes, a ocupar mi tiempo con mil actividades que después pudiera redactar prolijamente. Incluso intento introducir nuevos personajes en la representación teatral en la que se ha convertido mi vida. Quizás alguno de entre ellos pudiera alterar sustancialmente su curso y darme, en el mejor de los casos, algún capítulo de ventaja. Pero de nada sirve, es un burdo e ineficaz intento de engaño: quien me manda no está interesado en nuevos personajes y nada aparece sobre ellos en el texto. Yo creo que ya tiene decidido el final y no está dispuesto a alterarlo, pero ni siquiera yo conozco ese final.

Anoche soñé, como todas las noches, supongo; pero lo novedoso es que en esta ocasión la luz del día no se llevó consigo el recuerdo consciente. Creo que vienen en mi ayuda, los sueños o quien los dirija, y me han ofrecido una solución, una forma de salvarme del final de mi autobiografía.

Ha sido un sueño largo, oscuro, encriptado en mil imágenes absurdas e inconexas, seguramente para esconder a ojos y oídos peligrosos lo verdaderamente importante. Yo apenas si me atrevo a pensarlo, no sea que el plan se malogre, pero intentaré reunir el valor para llevar a cabo lo sugerido. Es mi última oportunidad.

Continuará…

Julia C.

Para leer las otras partes pincha aquí: parte I / parte III


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viernes, 26 de junio de 2015

Marioneta: La liberación (parte I)


Dicen que en la variedad está el gusto, y es gusto nuestro demostrarlo…

Sin planificarlo y casi sin querer surgió la idea del “juego literario” que leeréis a continuación. Es lo que pasa cuando personas con ganas de hacer cosas nuevas y afición por escribir se ponen a charlar y a reír, que salta la chispa de un reto y todos se embarcan. ¡Si nos ahogamos nos ahogamos, pero vamos a divertirnos!

Una idea y tres autores. Tres estilos diferentes de escribir para un género, el micro. Un solo hilo argumental desarrollado en tres versiones. Cada micro de cada autor con tres partes.

No es un trabalenguas ni un problema de matemáticas, es lo que María Campra Peláez, Edgar K. Yera y Julia C. hemos escrito.

¡Esperamos que os guste!

(Para facilitar la lectura al final de esta primera parte encontrarás los enlaces a las partes segunda y tercera) 

Marioneta: La liberación (parte I) 

Hago creer que escribo historias, que invento destinos de letras, pero en realidad no soy más que la triste marioneta de argumentos que se escriben solos. Ellos me utilizan a mí, no soy yo el que se sirve de ellos, y así ha sido siempre desde que aprendí a usar la pluma.


Que yo recuerde no ha habido ocasión en que no acatase su caprichosa voluntad, entregándoles mis horas de vigilia o de sueño sin escatimo. Aprendí pronto que era un atrevimiento peligroso no plegarse a sus necesidades y que mi cerebro podía licuarse en un torbellino atroz de dolor si lo intentaba. A cambio ellos me convirtieron en escritor, diría que aceptable, y me dieron una forma de ganarme la vida. Es un pacto no escrito o escrito a cada letra, no lo sé; pero sí sé las reglas: obedecer.

Ahora también me mandan, como siempre, pero por primera vez me aventuro a hacer trampas y demoro con mil argucias la trama, que demasiado conocida me resulta, y el inminente final. ¡Qué broma macabra es estar escribiendo sobre mi vida y mi muerte con todo lujo de detalles!

No sé qué será de mí cuando la negra tinta se derrame esforzada en el punto y final de esta historia, pero me temo que será lo último que yo escriba. El tiempo se me agota a cada renglón.

Continuará...

Julia C. 

Si quieres leer la continuación pincha aquí: parte II / parte III 

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jueves, 4 de junio de 2015

En Desacuerdo (V)



Vale, sí, lo reconozco, tu versión tiene mucha más fuerza que la mía (aunque antes muerta que admitirlo públicamente, claro). ¡Edgar, que quede entre nosotros, por favor!

Nunca ha sido mi estilo, pero reconozco que todo ese cristal de Bohemia hecho añicos e hiriendo a los protagonistas… no sé, creo que cierto cosquilleo a punto de ser placentero me ha recorrido la espalda. Después de todo lo mismo hasta me haces pasar al “lado oscuro” ji, ji.

Por lo que no paso es por admitir que me haya gustado la macabra cancioncilla infantil. Niñas del demonio, ¿cómo se atreven a romper la tensión literaria que tanto me había costado crear? Deja que canten, ya no tiene arreglo, pero conste que si me hubieras pedido parecer, habría dicho no al mini musical.

En fin, ¿por dónde íbamos en mi versión? Ah, sí, ya recuerdo… 

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Parte V

Apenas terminaba de quejarse el viejo reloj de la biblioteca con su lastimera campanada cuando se reanudó el encuentro. La una del medio día recién estrenada y ya estaban todos en sus asientos, expectantes y seguros de poder mantener sus propios secretos a buen recaudo.

Los adamascados cortinajes de color verde hoja que cubrían los ventanales eran más que suficientes para contener los tímidos rayos de sol, y sin embargo todos tuvieron la sensación de que la temperatura había subido algunos grados en la habitación. Se sentían un poco extraños.

El señor Worsworth se situó ceremoniosamente frente al atril y retomó la palabra.

-         Bien, ha llegado el momento. Sin tener en cuenta posibles implicaciones con la ley, procederemos a esclarecer el nombre del heredero de la mansión familiar – se notaba claramente que el notario estaba disfrutando con la tensión de sus oyentes - . Empezando por el primogénito y siguiendo en estricto orden de edad, vendrán aquí a contarnos lo que deben.

Los asistentes se miraron entre incrédulos y divertidos por la ocurrencia del anciano, pero el caso es que sin poderlo evitar, como impelido por alguna fuerza invisible, John se levantó y se situó donde le correspondía, al frente del atril. Tal pareciera que le urgiera confesar.

-         Le haré la pregunta que debe contestar, sr. Locker, y no podrá evitar decir la verdad. ¿Tiene usted las manos limpias de sangre?

Una ligera transpiración cubría ya el cuerpo de John y su mente serpenteaba sinuosa entre recuerdos pasados. Era el efecto de la droga de la verdad que todos habían ingerido durante el frugal y traicionero almuerzo.

-         Madre no debió tratarme así, yo no era nada para ella a pesar de que debiera haberme preferido sobre los demás por ser el primero. Estaba harto de que me ridiculizara, de que me dijera siempre que mi voz era demasiado aguda para ser un buen orador, incluso de que se riera de mi esposa por haber aceptado casarse conmigo. No hice nada, pude pero no quise – Sus ojos en trance y llenos de lágrimas sin duda estaban visualizando la escena en cuestión –. Dejé que se ahogara. Si no servía para nada tampoco para darle su medicina, así que cerré la puerta y me marché.

Los sudorosos espectadores no parecieron en exceso sorprendidos, seguramente porque estaban ansiosos de su propio debut como criminales confesos y necesitaban concentración para repasar sus papeles. El siguiente en ser llamado al atril fue Thomas, quien contó, palabra por palabra, la misma historia que el mayordomo antes le refiriera a John. Y entonces fue el turno de Rose, la niñita de papá.

Se puso en pie aferrada a su bolso Versace como a un salvavidas y se dirigió obedientemente hacia el atril. Tenía la mirada vidriosa y la tez cadavéricamente pálida. Ya no hizo falta que el notario le formulara la pregunta, ella conocía de sobra la dinámica de aquel macabro juicio.

-         Yo no quería a aquel bebé – dijo mirando a ninguna parte en concreto -  y tuve que deshacerme de él. Estaba asustada, no podría haberlo hecho pasar por hijo de mi primer marido y tampoco podía contarle a nadie que yo siempre había jugado con papá a cosas de mayores, ¡era nuestro secreto! –sollozó ligeramente y luego, como viendo un rayo de esperanza en ese punto indeterminado, añadió -  pero no merezco castigo, luego lo arreglé para que me perdonara. Un bebé muerto por otro nacido. No dejé que ninguno de mis maridos me preñara, solo papá. Y me dio a mi dulce Robert.

El pobre señor Worsworth, curtido por mil historias familiares de la alta sociedad con mucho que esconder, jamás había visto ni oído nada parecido. Aquello era un nido de podredumbre moral sin igual. Pero era un profesional, así que se ajustó los anteojos, puso cara de póker y apostó toda su credibilidad a que solucionaría aquel entuerto legal sin escándalos y siguiendo, al pie de la letra, la última voluntad de su cliente.

Lo dispuso todo para transferir el título de propiedad de la mansión familiar al joven Robert, que quizás solo por su corta edad aún cumplía el requisito exigido para heredar: tener las manos limpias de sangre.

Julia C.

Continuará…

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domingo, 31 de mayo de 2015

En Desacuerdo (III)



Lo sabía, estaba segura. Es lo que tiene ponerse a escribir contigo, Edgar, que indefectiblemente todo acaba lleno de sangre, fantasmas y gritos de terror.

La pobre Rose con esas alucinaciones terribles sobre sus tres maridos, tan muertos y tan “embichecidos” ellos. ¿Es que no podían estar disfrutando en un yate atracado en cualquier puerto europeo o conquistando jovencitas a golpe de talonario y alcohol? No, muertos y bien muertos. Dije “ventajosos divorcios”, no “ventajosos enviudamientos”, pero tú ni caso.

Y el pobre Andrew, un alma cándida donde las haya, convertido en espectro asesino con sed de venganza (bueno, quizás no tan cándida su alma después de todo, ya os contaré).

Eres incorregible, que lo sepas, pero no me harás perder el hilo. Yo voy a seguir donde lo dejé, a plena luz del día y solo con personas vivas en la sala…

Parte III

Lo natural hubiera sido que los tres hermanos hubieran empalidecido anta la sola posibilidad de que alguno de los otros tuviera un crimen a sus espaldas, como insinuaba su padre en el testamento. Pero lo cierto es que parecían más bien compugidos, tristes,  seguramente ante la perspectiva de ir a perder ellos mismos ese sustancioso pellizco de la herencia.

El notario, que no en vano era un hombre de avanzada edad, propuso hacer un receso para descansar y tomar un refrigerio que anunció ya estaba servido en el salón Bohemia, así llamado por albergar una notable colección de exquisitas piezas fabricadas con dicho cristal. Los demás no protestaron, a pesar de que tenían pocas ganas de confraternizar y muchas de saber cómo habría dispuesto su padre llegar a saber quién de entre ellos tenía “las manos limpias de sangre”.  

John tomó una de aquellas copas de vino ligero y espumoso y se situó en el dintel de la puerta, muy cerca del mayordomo, el sr. Kingston. A pesar de su cara de pocos amigos y lo envarado de su postura, John sentía por él un entrañable afecto. Cuando solo era un niño le había guardado el secreto de mil travesuras, ahorrándole así temibles reprimendas de sus padres y convirtiéndose en su cómplice.

-¿Qué tal le va la vida, sr. Kingston? - No quiso tutearle para salvaguardar la dignidad en el cargo del anciano.
-Tengo que hablar con usted, señorito John. Necesito contarte algo terrible que me pesa en la conciencia.

John se quedó mudo de la sorpresa ante aquel inusual saludo, pero se recuperó de inmediato. Viviendo en el seno de su “querida” familia había aprendido desde temprana edad que la información era poder.

-Espéreme en el gabinete azul, por favor, voy enseguida.

Cerraron la puerta con llave y sin sentarse siquiera, el sr. Kingston comenzó su historia. Era la primera vez en su vida que John le veía preso de tal ansiedad y nerviosismo.

“El día que vino su hermano, el señorito Andrew, el servicio tenía la tarde libre por expreso deseo de su padre. Supusimos que quería disfrutar de la compañía de su hijo en privado, así que dejamos todo dispuesto para una cena fría y sobre las cinco y media todos dejaron la casa. Yo lo habría hecho también de no ser por un leve catarro que comenzaba a manifestarse. En aquel momento no quise importunar al señor con tal nimiedad y no le dije nada; me limité a retirarme a las dependencias del servicio y a permanecer allí.

Tenía intención de acostarme pronto, pero antes, sobre las diez, quise asegurarme de que el Barón no necesitaba nada. Subí arriba y sin poderlo evitar oí cómo discutía con su hijo. Le estaba llamando depravado del demonio y sodomita inmundo. Y el joven señor también gritaba diciendo que no era asunto suyo con quién se acostara y que se limitara a darle el dinero del chantaje. Por lo que pude entender el último de sus amantes no estaba por la oportuna discreción deseable en un caballero, ya me comprende”.

John no daba crédito a lo que estaba oyendo. Trató de tranquilizar al sr. Kingston y le animó a continuar.

“Volví a mi cuarto e intenté dormir, pero sin éxito. Sobre las dos de la mañana me levanté para hacerme una infusión y ver si así lograba conciliar el sueño, y allí estaban ellos, en la cocina: su padre y el bastardo. Hablaban quedo para no despertar al pobre señorito Andrew, pero yo oí claramente cómo el señor le encargaba al otro que borrara “esa mancha intolerable de su familia”. Yo sabía muy bien a lo que se estaba refiriendo, y al día siguiente su hermano estaba muerto en la bañera, con las muñecas abiertas ”

-Así que el bastardo no puede heredar la casa, ¡perfecto!

Es todo lo que acertó a pensar el siempre práctico John…

Julia C.

Continuará… 

Para leer el capítulo IV en el blog de Edgar pincha aquí

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Fecha 01-jun-2015 11:22 UTC
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miércoles, 27 de mayo de 2015

En Desacuerdo (I)



Edgar, poseedor como todos sabéis de una prodigiosa imaginación, me propuso escribir lo que a continuación leeréis. Se trata de un mismo relato que tiene dos versiones: la mía, escrita en clave de misterio, y la suya, escrita en clave de terror. A la hora de publicarlo alternaremos sucesivamente seis fragmentos, tres de cada autor, hasta completar las dos versiones íntegras mencionadas. ¿Estáis algo confusos? ¡Eso se arregla leyendo!

La verdad es que no lo veía yo muy claro al principio ni lo entendía muy bien, ¿pero quién le dice que no al blogger más encantador de todo Google+? Así que me dispuse, armada de ilusión y con la imaginación afilada como el lápiz de un escolar, a intentarlo al menos. Ahora puedo decir, con conocimiento de causa, que la experiencia ha sido genial y que trabajar con él es un verdadero placer.

Espero que disfrutéis este trabajo tanto como nosotros. Ha quedado demostrado que disentir, tanto en la vida real como en la ficción, puede llegar a ser muy divertido…

Parte I

El mismísimo notario parecía formar parte del mobiliario, plenamente integrado como estaba al panorama de aquella rancia habitación. No es que estuviera sucia, es que el paso de los años todo lo recubre de una pátina invisible de decadencia, incluso aunque la habitación pertenezca a una mansión y solo los muebles ya cuesten una auténtica fortuna.

Fueron llegando con cuentagotas y más bien tarde, seguramente temiendo los unos tener que cruzar una palabra con los otros. Sin duda la lectura del testamento era un reclamo lo bastante poderoso como para reunir a la familia después de tantos años, pero no por eso iban a dejar la vieja costumbre de ignorarse o despreciarse entre sí.

La primera en aparecer fue Rose, una mujer esbelta y sensual como una gata que jamás hubiera pisado un vertedero. Ya era inmensamente rica gracias a sus ventajosos divorcios, pero no por eso pensaba dejar de reclamar un solo penique del testamento de su padre que ella considerara que le correspondía. Vino acompañada de su único hijo, un adolescente pelirrojo de mirada sagaz y rostro pecoso.

Su hermano John, el mayor de los tres vástagos del finado, llegó tras ella. Se hacía acompañar de su hierática esposa, una enfebrecida amante de las operaciones de estética, y de sus dos hijas gemelas. Lástima que en plena juventud ya compartieran la afición de su madre por el quirófano.

Y por último se personó en la sala una extraña pareja que a todas luces desentonaba con el estatus social de la familia y a la que nadie de los presentes parecía conocer.

El ayudante del notario, siguiendo una leve indicación de cabeza de éste, cerró por fin las puertas de la biblioteca. El silencio entre los presentes era pernicioso y espeso.

“Estamos aquí para dar lectura a las últimas voluntades del Barón Locker. Siguiendo sus instrucciones han sido convocados todos sus hijos, a excepción, por motivos obvios, del recientemente fallecido Andrew Locker”.

Rose y John interrumpieron al notario con una exclamación ahogada y se miraron por primera vez interrogándose mutuamente con los ojos. ¿Estaba el benjamín de la familia muerto? ¿Cuándo, cómo, dónde?

“Suicidio, hace dos meses, en esta misma casa. Se encontraba de visita viendo a su padre y decidió, muy inoportunamente por cierto, quitarse la vida”, contestó en tono cansino el Sr. Worsworth. Estaba claramente molesto por tener que interrumpir su discurso para hacer aquella aclaración.

Hubo conmoción en la sala ante la noticia, pero nada comparado al momento en que el honorable anciano, cumpliendo con sus obligaciones, presentó a la sra. Morse y a su hijo Thomas, que a la sazón era también hermano de ellos. Un desliz del difunto, sin duda, porque el joven de flequillo rebelde y ojos verdes como pedazos de jade tenía al menos treinta años.

“¡Intolerable!” es lo único que acertó a decir John.
“Legalmente reconocido” apostilló el notario para atajar ese asunto sin más.

A partir de ese momento ya estaban preparados para oír cualquier cosa. Los secretos de familia bajo la alfombra parecían haber cobrado vida y correteaban libremente por la sala.

Terminó de leerse un testamento en extremo minucioso que detallaba a la perfección qué propiedades, títulos y activos del banco correspondían a cada hijo. Las partes no eran equitativas desde el punto de vista de John y Rose. Por supuesto ellos consideraban que Thomas estaba robando la herencia que correspondía a sus hijos y que no era más que un advenedizo y un oportunista. Nadie los convencería nunca de lo contrario.

Solo quedó un cabo suelto. Respecto a la mansión que ocupaban en ese momento y que había sido la residencia oficial de la familia durante generaciones, se añadía únicamente una nota: la heredará el único de mis hijos que tiene las manos limpias de sangre. 

Julia C.

Continuará... 

(Para leer la continuación pincha aquí)

 
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Fecha 27-may-2015 7:49 UTC
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