sábado, 6 de septiembre de 2014

Contando historias




Te he contando tantas historias durante éste tu prolongado sueño que he llegado a creer que compartíamos el tiempo, la emoción, y hasta las ganas de un final hermoso para todas ellas. Tus párpados eternamente cerrados no han sido mi desánimo, sino mi acicate; y a falta de otra clase de valentía más heroica, transformé las palabras salidas de mi boca en un puente mágico para llegar hasta ti. No había de importarme lo que dijeran, estabas conmigo. No había de importarme lo que pensaran, el rojo de mi sonrisa era solo para ti. 


Transcurrieron como haciendo delicados pasos de ballet los días de las semanas y las semanas de los meses y aquí,  sentada a la orilla de tu blanco lecho, he sido muy feliz. No necesitaba más que la luz de la mañana entrando por el ventanal y el mudo asentimiento que amorosamente me regalabas para obviar toda la miseria del mundo. Una historia, la nuestra, nacida de las historias que inventaba para ti.


Hoy también he acudido a nuestra cita, puntual e ilusionada, pero hoy no es un día corriente. Hoy supe que abriste los ojos, por fin, y que volviste a esta realidad donde habitamos los que nos creemos vivos. Hoy me han contado, como quien no dice nada importante, que en la confusión de los primeros instantes pronunciaste con vehemencia un nombre de mujer, uno que no era el mío. Cómo podría serlo si nunca llegué a decírtelo.

Ya ves, la inercia inmisericorde me ha traído de nuevo a tu habitación y aquí, impasible como si el Universo no yaciera hecho jirones a mis pies, he vuelto para contarte una historia con final feliz. Ahora que puedes mirarme sé que no me ves, pero no importa: un corazón roto no ha de sentir.