jueves, 12 de mayo de 2016

Los refranes de mi vida: mi niñez



En esta ocasión y con vuestro permiso, me he autoinvitado a participar en mi propia sección. Confieso que me he “colado” por delante de algunas compañeras que amablemente ya me habían enviado “los refranes de su vida”, pero es que está siendo tanta vuestra generosidad (mil gracias) que a este paso no voy a escribir yo ninguna entrada, y me parece un poco abusivo por mi parte.

Así pues me he puesto manos a la obra para bucear entre recuerdos y dichos populares de mi infancia. No lo he hecho sola, he tenido la ayuda de mis padres, a quienes les encargué que me confeccionaran una lista (confieso que también pretendía que fuera un pequeño incentivo para ellos, ya que están muy mayores y no les viene nada mal hacer un poquito de memoria, sobre todo si es sobre cosas agradables). Qué ilusión les hizo y qué manera de contagiármela. Mi madre, desgraciadamente, apenas ve, pero mi padre tomó de inmediato un folio y fue apuntando los que ella le dictaba y los que él mismo recordaba. Siempre han sido los dos muy refraneros, así que me han dado material de sobra.

Quizás deba explicar que yo solo puedo ver a mis padres una vez al mes, cuando me desplazo a Granada, y que por eso les encargué esta tarea por teléfono. Cuando al cabo pude recoger “su trabajo” me dieron orgullosos dos folios por las dos caras y un montón de explicaciones que me encantó escuchar. Muchos de ellos yo misma los tenía asimilados de oírlos de su boca, pero otros los había olvidado o pertenecían a sus propios recuerdos de niñez y familiares. Aún ahora me emociono al pensarlo porque pasamos un rato estupendo, parecían dos críos compitiendo por ver quién tenía el mejor refrán. Esto hace que esté más contenta aún, si cabe, de haber iniciado esta sección.


 Bueno, entremos en materia que me voy por las ramas. Aquí van algunos de los refranes de mi vida.


“Cabeza loca no quiere toca”

Cuando yo era niña era bastante movidita, al parecer, y no me gustaba mucho que me pusieran alhajitas ni adornos en el pelo. En cierta ocasión mi madre le encargó a una de mis hermanas mayores que me pusiera unos pendientes para ir a no sé qué celebración, pero yo parecía más un caballo encabritado que una niña. Al final mi pobre hermana desistió y le devolvió a mi madre los pendientes. Ella los miró, luego me miró a mí y dijo con gesto contrariado: “no se puede con esta niña, cabeza loca no quiere toca”. Yo no estaba muy segura de lo que aquello significaba, pero decidí portarme mejor porque el ambiente se estaba caldeando y no pintaba bien para mí.

“Caballo grande ande o no ande”

Este refrán me lo dijo en más de una ocasión mi padre, porque yo siempre he sido muy “grandona”. Recuerdo que en las fotos de grupo del cole más que una compañera parecía la madre de las otras niñas; les sacaba la cabeza casi entera y abultaba como dos de ellas juntas. A mí aquello me daba complejo. Entonces mi padre, supongo que para consolarme aunque con dudoso tacto, me decía eso. Y yo tan satisfecha, qué infeliz.

“Al que quiera saber, embustes con él”

Cuando éramos crías mis tres hermanas y yo, había una portera en el edificio que, haciendo honor a su profesión, gustaba de saberlo todo sobre todos, le incumbiera o no. Con mis padres, que siempre han sido muy discretos y poco amigos de chismorreos, no se atrevía, pero a las niñas nos preparaba “encerronas”. Nos abría la puerta del ascensor, nos dejaba entrar, y luego ella se colocaba delante y con la puerta sujeta, de forma que no había escapatoria posible. Es entonces cuando nos sometía al tercer grado y nos preguntaba a placer. Una vez lo estábamos comentando en la mesa y mi padre, con total naturalidad, entre cucharada y cucharada, soltó la sentencia. Nos dio mucha risa y, desde ese momento, nos sentimos autorizadas a “fantasear” ante las preguntas de la portera. Le contábamos cada disparate… pero conseguimos que dejara de meterse en nuestros asuntos. Supongo que ya no le compensaba, ji, ji.

“Muchas manos en un plato, pronto tocan a rebato”

En casa, como ya he comentado, éramos cuatro hermanas y no siempre era fácil que nos portáramos bien y ayudáramos. Cuando había que hacer alguna tarea de limpieza grande que nos daba pereza y andábamos remoloneando por la casa, mi madre nos animaba con esta positiva sentencia. Luego tardábamos lo que tuviéramos que tardar, pero la carga nos parecía más ligera ante la perspectiva de un trabajo en equipo. 

“Mucho te quiero perrito, pero pan poquito”

Este refrán es de mi madre también y me hace mucha gracia porque lo encuentro tierno (será por los diminutivos) pero bastante “afilado”. Viene a significar que a veces decimos querer mucho a alguien, o ser muy buenos amigos suyos, pero luego no somos capaces de hacer nada por él. Ella nos lo decía con cierto tonillo que pretendía parecer dolido cuando, después de haber estado muy “amorosas” y decirle lo mucho que la queríamos entre mimos y besos, luego no obedecíamos ni de broma. Creo que pretendía crearnos un poco de cargo de conciencia, y el caso es que de vez en cuando hasta funcionaba.

Aún me quedan muchos más refranes, muchos más recuerdos y muchas más sonrisas ligadas a éstos, pero serán para otra ocasión.

Terminaré con uno que le decía a mi madre un tío suyo cuando pretendía meter baza, sin ser invitada, en las conversaciones de los adultos. Tiene que ver, pues, con tener la boquita cerrada:

“Las niñas hablan cuando las gallinas mean”

O sea, nunca.

Yo no soy una niña, no, pero tomo nota y ya me callo…

Julia C. 

Código 1605127563712
Fecha 12-may-2016 10:07 UTC
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