martes, 7 de octubre de 2014

Juegos y café para dos

café




A solo la distancia de una mesa y dos tazas de café, pero tan lejos… 


Nos habíamos estado contado las novedades y riéndonos como bobos con todas las tonterías que se nos ocurren siempre; estábamos felices y relajados en aquella esquina tan nuestra de la terraza, tanto que no terminaban de borrárseme los restos de sonrisa de los labios, como si fueran inquilinos deliciosos que fueran a quedarse para siempre. Y puede parecer estúpido, pero ese relax después de varios días de tensión, me hizo el mismo efecto que un par de copitas de algo fuerte, con todas sus consecuencias.


Empecé a mirarle de otro modo, empecé a recrearme en cada uno de los rasgos que hacen que le encuentre tan arrolladoramente varonil y su voz, profunda y acariciadora, se me hizo aura consolando mi piel del primer fresco de la tarde.  Se me desdibujaron las palabras y las intenciones ceñudas que solo unas semanas atrás fueron el acompañamiento de nuestro café, uno de tantos y sin embargo el más amargo, el que podía presagiar un final para nosotros. Tantas dudas en el aire, tan dura la tarea de encontrar una fórmula que nos permitiera vivir en paz a los cuatro. No es fácil querer a dos personas a la vez…


Todo eso iba quedando atrás por efecto de mi borrachera imaginaria y recordé aquella primera cita en una cafetería del centro, hace ya tantos años. Yo no soy una mujer pequeña  pero su abrazo, a un tiempo sutil y seguro, me hizo sentir diminuta. Pensé que era extraño que un hombre tan grande fuera tan delicado. Desde ese primer momento me gustó siempre verme rodeada de su cuerpo y tener que mirar muy arriba para besarle. 


Quizás resulte posible que pueda leerme el pensamiento, no lo sé, pero esa chispa dorada contra el verde de sus ojos me hizo intuir que andábamos pensando cosas parecidas. Ya no hacían falta tantas palabras, ese era momento de usarlas solo para que no resultasen indiscretas las caricias de la mirada. 


Comenzó a rodear el borde de tu taza despaciosamente, la sonrisa de medio lado, y yo miraba la sucesión de círculos como hipnotizada. La desinhibición de mi lascivo pensamiento me transportó a momentos en que esas mismas manos, grandes y fuertes, tomaron mi cuerpo por juguete de sus deseos. Siempre tuvo ese poder sobre mí, el de despertar sensaciones dormidas y deseos que por insospechados tuve que aprender a aceptar. Su piel morena contra la mía blanca, su tacto áspero contra el mío suave, su generosidad contra mi necesidad. 


El rubor indiscreto acudió a mis mejillas sin invitación; nunca ha dejado de ser un fastidio y una tortura para mí resultar tan evidente. Y él, sin dejar de mirarme, apartó de si la taza y sacó con deliberada parsimonia algo de sus bolsillos. Lo dejó sobre la mesa, cubierto con la mano para impedir que yo lo viera. Me preguntó “¿sí o no?”.


No sabía lo que era, ni sabía cuál pudiera ser el juego, pero mi respuesta fue “sí”. Con él la respuesta siempre era sí, incluso a mi pesar, incluso aunque la propuesta me resultara descabellada. 


Hizo un gesto al camarero para que trajese la cuenta y después me dejó ver lo que había estado ocultándome: la llave de una habitación de hotel, nuestro hotel.


Qué verdad tan grande es esa de que a veces sobran las palabras… 

(Foto obtenida de www.fotospix.com)