sábado, 4 de junio de 2016

Los refranes de mi vida: Rosa Berros Canuria



Me encanta el título del doc: "Refranes para Julia". Me recuerda aquel poema tan hermoso que José Agustín Goytisolo dedicó a su hija, "Palabras para Julia"…



Así comenzaba el mail que Rosa Berros Canuria me envió con su aportación para esta sección. Y me pasó como con casi todo lo que ella escribe, que después de la primera frase, ya no pude despegar los ojos de la pantalla. Esta bloguera hecha y derecha en cuanto a su andadura por la red y hacedora de magníficas reseñas, de cine o literarias, tiene esa virtud. Me consta que no me pasa solo a mí, Rosa tiene una forma de contarnos acerca de las historias que lee o que ve en el cine que aunque después nunca tengas el libro entre tus manos o visiones un solo minuto de metraje, habrás disfrutado a placer de ellas. Inteligente, perceptiva, excelente narradora, avezada y temprana lectora, sus entradas de blog son un lujo traten de lo que traten. Seguramente se deba a que en todas ellas hay una parte de la pasión que Rosa pone en sus letras.

Ella es tímida, lo reconoce, y no es dada a hablar de sí, pero la gran calidad de su blog y la cordialidad exquisita con que trata a todos los que la visitan, ya hablan alto y claro sobre ella. También dice que no tiene imaginación para escribir historias, cosa que nunca he creído, pero de vez en cuando la inspiración la coge a traición, se sacude el recato literario y nos regala algún relato estupendo. Yo espero que con el tiempo ella sepa ver, como lo vemos quienes la leemos, su gran potencial en ese sentido.

No os aburro más porque sé que estaréis deseando ir a su blog y comprobar por vosotros mismos todo esto que os cuento, así que aquí os dejo el enlace de su bitácora titulada “Cuéntame una historia”. Y por si como a ella os gusta la cocina, también os dejo el enlace a su otro trabajo sobre recetas titulado “Cocina sin medida”. ¡Buen provecho!

Ya solo me queda, antes de cederle la palabra, transmitirle mi sentido agradecimiento. Gracias, Rosa, por ser, por estar y por tu generosidad a la hora de prestarte a escribir sobre “Los refranes de tu vida”.

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Yo no tengo refranes propios muy desconocidos, tan sólo algunos que me son muy queridos, por motivos que yo misma ignoro, y otros que tienen su anécdota ocurrida a mí o a alguien de mi familia.

Hay dos refranes que tienen un significado similar que me gustan mucho y que suelo usar con mis alumnos que, como todos los adolescentes, son especialistas en quererlo todo: que les expliques lo del día que faltaron, que se tenga en cuenta su opinión para la fecha del examen aunque no estén en clase y, algunos, aprobar sin estudiar. Estos refranes son: No se puede estar en misa y repicando las campanas y Al santo que no está delante no se le reza. Les cuesta entender el significado y la primera vez tengo que explicárselos. Luego les hacen mucha gracia por la parte religiosa que tienen y que a muchos les resulta muy ajena.


Por lo que se refiere a las anécdotas, la primera que quiero contar hace referencia a un refrán conocido (Ojos que no ven, corazón que no siente) que a mí me llegó modificado y así siguió por muchos años. En mi mundo infantil existía un refrán que decía “Ojos que no ven, gabardina que te levantan”. Cuando lo dije en el colegio, teniendo yo unos diez años, fui la risión de mis compañeras y originé una pequeña discusión porque yo creía estar en posesión de la verdad como sólo se puede creer a los diez años. Claro que cuando lo conté en casa, buscando una confirmación a mi verdad, aun fue más jocoso el asunto. La confusión venía de cuando yo era pequeña y le oí el refrán alterado a un tío abuelo mío a quien le desapareció una gabardina que había dejado colgada en el perchero de mi abuela paterna. Todos sospechaban de la mujer de otro tío abuelo (los hermanos de mi abuela eran siete) que no tenía muy buena fama en la familia y había andado por allí el día de marras.  Si fue ella o no, no se llegó a saber nunca. Sé que mucho tiempo después la culparon de haberse llevado la sortija que perdió la mujer de un tercer tío abuelo. Esta sortija terminó apareciendo al cabo de varios años en el fondo de un saco de carbón que yacía olvidado en un rincón del sótano lo que me hace pensar que quizás la mujer también fuera inocente del robo de la gabardina.

A mí me llegó el refrán alterado, pero a mi prima (esta vez en la familia materna) le llegaban incompletos. Acostumbrada a escuchar a su madre mitades de refranes, nunca entendió su significado, aunque tampoco lo buscaba pues había incorporado los refranes tal cual los escuchaba. Sabía que cuando se levantaba tarde su madre le diría “La madrugada del pellejero” o que cuando dijera aquello que tanto les gusta a los niños “bueno, no pasa nada”, su madre le respondería “No era nada lo del ojo” y así mi prima se acostumbró a refranes incompletos y sin sentido hasta que, siendo ya mayor (debía de tener cerca de veinte años), hablando con su madre una noche de frío y cigarrillos compartidos, la conversación cayó sobre aquellas expresiones y entonces, mi tía le reveló las mitades omitidas hasta el momento que no eran otras que "La madrugada del pellejero que le daba el sol en el culo y creía que era un lucero y No era nada lo del ojo y lo llevaba en la mano. Entonces mi prima, por primera vez en su vida, comprendió el significado de aquellos refranes y su perfecta pertinencia con las oportunidades en que su madre los usaba. No es que mi tía quisiera ocultarle información a mi prima, es que eran refranes muy largos y como ella ya se los sabía, los daba por supuestos. Jamás pensó que su pobre hija no entendía nada. 
Rosa Berros Canuria

Código 1606058077880
Fecha 05-jun-2016 0:46 UTC
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