lunes, 8 de diciembre de 2014

Como ámbar

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El líquido ambarino descendía por las paredes del vaso como la luz por los mugrientos cristales, adherente y perezosa. Había que apurarlo de un trago, pero no se decidía. A cambio lo miraba curiosa tratando de adivinar su sabor, que intuía amargo, y los posibles efectos que podría tener sobre ella.  



Tumbada con laxa desidia en aquel sofá pasado de moda, era la mujer más atractiva y deseable de cuantas asistieran al “evento”, pero ella no era en absoluto consciente. A sus 50 años pensaba que lo mejor de su vida ya había quedado atrás y que su cuerpo, inesperadamente firme y suave para esa edad, no tenía nada que ofrecer al deseo de los hombres. Era su propia percepción, incrustada en su inconsciente a base de soledad y desengaños, y nada podía hacer que cambiara. Quizás por eso se encontraba allí, quizás por eso aceptó una invitación que ahora consideraba estúpida y arriesgada aunque en otro momento le pareciera una luminosa oportunidad.



Se dedicó a mirar en rededor mientras sostenía la copa, observando a la gente que iba y venía con extraños atuendos de exóticos tintes. Delgadas en extremo ellas, por completo a la moda, casi demacradas tras los llamativos maquillajes; y artificialmente solícitos ellos, con lascivia mal disimulada tras la mirada. Ella no encajaba allí, con su sensatez y su ordenada vida a cuestas, pero seguramente era tarde para pensar en eso.



No tenía ni idea de quién era el anfitrión, pero esperaba por el bien de todos que no hiciera juego con la decadente decoración de aquel caserón que escondía lo inhóspito de su construcción con divanes, cortinas de gasa y coloridos cojines por todas partes.



Al fin cerraron las puertas del gran salón y los camareros, con sus enormes bandejas doradas, ahora vacías, se retiraron. La música de acordes orientales subió un punto de volumen y pareció comenzar un susurro que acariciaba las pieles entibiándolas. Era la banda sonora perfecta para el leve batir de pestañas que presagiaba miradas llenas de intención, nerviosismo y excitación.



Todos tenían ya su copa, el momento de la verdad había llegado: bebió sin pensar más, al unísono con sus compañeros, como si todos fueran una sola garganta sedienta de sensaciones y amor perecedero.



Más pronto que tarde el efluvio de la desinhibición tomó posesión de las voluntades, por otra parte proclives, y ella sintió que todo, absolutamente todo, quedaba atrás. Complejos, pesadumbre, barreras y carencias fueron engullidas por una hoguera imaginaria que ardía en su interior.



Esa noche volvería a ser el animal libre y voraz que hacía demasiado tiempo ella se había prohibido ser, un paréntesis entre tanta cordura descolorida e insípida.