martes, 31 de mayo de 2016

La verdad




Siempre me dice la verdad, como si yo realmente quisiera saberla, como si estuviera seguro de que puedo encajarla. ¿Quién demonios le ha pedido sinceridad absoluta? Pero el caso es que siempre me dice la verdad…

La primera vez que le pregunté por qué estaba volviendo tan tarde a casa en las últimas semanas lo hice casi sin pensar, más por cortesía que por interés. Realmente no me importaba lo más mínimo, sobre todo porque empezaba a acostumbrarme y me gustaba. Resultaba muy relajante volver a casa después de un largo día de trabajo, cansada, y encontrarme la casa vacía y en silencio. Supongo que ya estábamos en esa fase del matrimonio en la que se aspira al mutuo respeto, la cordialidad, y poco más.

Me contestó apoyado con displicencia en el quicio de la puerta, el gesto relajado y una sonrisa que yo nunca antes había visto en su cara: “Estoy espiando a alguien, una mujer, y a veces se retrasa”. Apuesto a que esperaba una nueva pregunta por mi parte, alguna reacción, quizás un reproche por el mal gusto de la broma. Pero lo dejé correr; estaba segura de que era una estupidez para llamar mi atención y yo solo quería seguir hojeando mi revista y acabarme la copa de vino en paz. El tampoco añadió nada más; esperó unos segundos y después giró sobre sus talones para ir a tomar su acostumbrada ducha. Incluso me pareció que silbaba mientras se dirigía al dormitorio.

Sin embargo los retrasos continuaron durante los días siguientes y yo no podía quitarme de la cabeza ni aquella sonrisa un punto siniestra ni sus palabras. Seguro que no había motivos para preocuparse; Luis era un poco introvertido a veces, algunos le consideraban “rarito” en su época de universidad, lo habitual por otra parte con la situación familiar que tenía en casa, pero ni mucho menos era capaz de hacer algo tan horrible como acosar a una mujer. ¿Una desconocida o alguien de nuestro círculo? ¿Para qué la espiaba exactamente? ¿Sería más guapa y más interesante que yo? Imposible evitar que mi imaginación continuara viaje por su cuenta sin billete de vuelta.

Al poco encontré en el cesto de la ropa sucia un pasamontañas negro, de esos que llevan agujeros para los ojos, la boca y la nariz. El hallazgo me sobresaltó porque yo nunca había visto aquella prenda en casa, y según mi costumbre fui a preguntarle qué era aquello. No evitó mirarme de frente, al contrario, y no trató tampoco de inventar una excusa. Yo diría que casi esperaba aquel momento con interés.

Ya te lo dije, no querrás que vaya a cara descubierta, ¿verdad? Estoy tomando precauciones, cariño, no nos conviene que me reconozcan Parecía bucear en mis sorprendidos ojos como buscando algo, pero no sabría decir qué. ¿Aprobación quizás?

¿De qué demonios estás hablando? ¡No tiene ninguna gracia! Mi voz sonó mucho más aguda de lo que en realidad es.

“Para lo bueno y para lo malo, en la salud y en la enfermedad”, ¿recuerdas? Tú querías matrimonio. Yo me hubiera conformado con vivir contigo, pero ahora me alegro de que me convencieras.

Después me besó en la frente con dulzura, como antaño, demorándose en el contacto de sus labios con mi piel, y aunque rozó apenas mi cintura con su mano tibia, pude sentirla como si estuviera al rojo. Un escalofrío extraño pero en absoluto desagradable me recorrió la espalda. Era lo más intenso que había sentido en mucho tiempo.

Nos vemos a la noche, Nena. Hoy hago yo la cena.

Y allí me quedé, con el vello erizado y sin poder articular palabra. No sé muy bien por qué lo hice, pero el caso es que lavé el pasamontañas al borde de la excitación y lo dejé en su cajón, cuidadosamente doblado, con el resto de la ropa limpia.

¿Quién era aquel nuevo Luis que se había mudado a vivir conmigo? ¿Y quién empezaba a ser yo?

De todas aquellas dudas e incertidumbres, hoy totalmente despejadas, ya ha pasado un tiempo. Por fortuna hemos sabido dar los pasos, lentos pero con seguridad, que nos han conducido hasta aquí. Nuevamente cómplices, nuevamente enamorados, diciendo siempre la verdad.

Es una gran ocasión. La hemos traído a una pequeña cabaña de alquiler en lo más escondido del bosque. No sabemos aún a qué vamos a jugar con ella, pero tenemos muchas ideas. Para empezar la hemos amordazado y hemos inmovilizado con bridas sus manos y sus pies, que ya lucen con incipientes y hermosas heridas por el frote y la excesiva presión. Apenas parece la misma mujer que tras la mesa de su despacho, investida con su todopoderosa bata blanca, nos dijo dos años atrás que la enfermedad psiquiátrica de Melisa, la madre de Luis, podía ser hereditaria. ¡Menuda zorra! Ya no llora, creo que no le quedan más lágrimas, solo tiembla.

Y no, en absoluto es más guapa ni más interesante que yo…

Julia C. 

Código 1606018046659
Fecha 01-jun-2016 1:55 UTC
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