domingo, 28 de septiembre de 2014

Desamores de verano









Es inútil lamentarse, las cosas son como son y no como fueron o como quisiésemos que llegaran a ser. Gajes de vivir el presente, supongo. A pesar de saberlo queda el regustillo de la pérdida, claro, la sensación inútil que la inercia de seguir adelante imprime a nuestros torpes corazones.

Confieso que la primera vez dolió mucho más. Yo era virgen en las lides de la traición y no supe enfrentar el reto. Ahora no es que me considere una verdadera maestra, pero el descreimiento, la pasión mitigada por la prudencia y la experiencia surten su efecto. Ahora soy yo la que de alguna forma te traiciona a ti, aunque sea de frente y con razones de peso. Cierto es que no he sido capaz de mantener mi palabra y que a pesar de todo lo que dije en su momento no he podido copiar tu estilo, discúlpame. Yo no sé sembrar ausencias y desdén para recoger desilusión y dudas como de hielo. Será que soy mucho menos sutil que eso; será que hasta el final he preferido las palabras a los tortuosos silencios, aunque tú no las entiendas.

Crees que nunca llegué a perdonarte, es lo que la sonrisa tiznada de ironía en tu cara sugiere, y posiblemente tengas razón, pero esto no es una venganza. Esto se llama desgaste y aburrimiento. ¿Qué puedo hacer yo si lo que puedes ofrecerme me parece tan poco que es apenas nada? ¿Qué culpa tengo de que al quedarte tan atrás te haya perdido de vista por completo? ¿Cómo podría sentirme mal si te advertí mil veces de que al darlo todo por hecho precisamente lo estabas perdiendo todo?

Hagámoslo civilizadamente, seamos maduros. Solo me gustaría pedirte que no vuelvas a decirme nunca más que me quieres, me incomoda sobremanera, y que no vengas a leerme. Las letras son mi terapia y mi catarsis, mi forma de pasar la página. Aún debo quererte un poco porque no quisiera que mi alivio fuera tu tortura. 

A cambio te concedo cualquier deseo que me pidas, como prueba de buena voluntad, salvo el de volver a intentarlo…