viernes, 7 de noviembre de 2014

Silencio, se ama!

sexo-silencio


Las parejas se citan para “hablar”. Nosotros nos veíamos para “silenciar”. Así es como nos gustaba llamar al disfrute del silencio más ameno y pleno de significado que conocíamos…

A la hora de amar hay muchos juegos posibles, unos más ocurrentes que otros, y nosotros descubrimos el nuestro por casualidad. Consistía en que una vez traspasado el umbral de la puerta la ausencia de palabras sería nuestro lenguaje…

No era fácil encontrar un hotel que reuniera las condiciones necesarias. La discreción no era un requisito, eso no nos importaba porque los dos estábamos libres de compromiso, pero que fuera tranquilo y contara con habitaciones bien insonorizadas, eso sí era imprescindible. Las interferencias en ese aspecto podían echar a perder las horas preciosas que tanto nos costaba robarles a nuestras ajetreadas agendas. 

Quizá era eso lo que nos excitaba, el parón en el estrés y las prisas, el poder dejar a un lado los requerimientos a golpe de minutero de nuestros trabajos, abstraernos definitivamente del entorno y de tener que responder a mil cuestiones. Paz, sosiego, libertad y desinhibición, eso es lo que significaban para mí esos encuentros.

Nunca me he planteado si éramos “normales” o un par de locos de atar, y es que siempre me importó más disfrutar que la etiqueta que pudiéramos merecer.

Es así como aprendimos a disfrutar en plenitud del leve susurro de la ropa en su viaje hacia el suelo; de las respiraciones en creciente y sincera agitación; de los latidos enfebrecidos de deseo que martilleaban nuestros corazones; de la música que la saliva nos regalaba en cada beso; del rozar de las uñas arando con desespero la piel ruborizada por la agitación de los cuerpos; de la succión de los labios que nunca se cansan; de los jadeos y suspiros agradecidos, colmados; de nuestros sexos húmedos por convicción. La convicción de que nada hay más sensual y excitante que escuchar al cuerpo hablar de amor.

Realmente yo amaba aquel silencio lleno de preciosos sonidos y vacío de nuestra voz, pero las reglas están para respetarlas y él un día las transgredió. Con solo dos palabras que más bien parecían afiladas dagas, rompió para siempre la magia y selló el fin de nuestro acuerdo.

Sin pensar en las consecuencias dijo “te  quiero”... 

Julia C.