miércoles, 4 de febrero de 2015

La herencia

herencia-Natalia



Era un largo y angustioso peregrinaje de hospital en hospital, consultando a cuanto especialista creían pudiera ser de ayuda para su hija. El tiempo y las esperanzas se iban consumiendo un poco más tras cada visita, y lo cierto es que nadie terminaba de ponerle un nombre a la enfermedad que aquejaba a Natalia.



Los síntomas, extravagantes y variables según el día, vapuleaban sin descanso su pobre cuerpo. Tal era así que al principio su caso despertó el interés de la comunidad científica, pero la expectación duró lo que tardaron en agotarse las opciones sin que nada concluyente se pudiera determinar. Entonces los médicos, temerosos de perder su prestigio profesional, comenzaron a evitar a la paciente.



En todo aquel tiempo ella no se quejó nunca. Quería sanar, pero sobre todo quería a sus padres y detestaba verlos tan preocupados. Fue obediente y colaboradora en cada cosa que el personal sanitario le solicitó, pero viendo que nada le procuraba alivio, se refugió cada vez más en un mundo paralelo que iba construyendo, paso a paso, en un cuaderno de notas.



A nadie le preocupó de dónde había salido el cuaderno, que aunque extraño y viejo a ella parecía encantarle, pero Natalia lo tenía desde hacía ya unas semanas, justo cuando empezó a enfermar. Lo encontró un día en un banco del parque y desde el primer momento lo tomó, siendo como era una niña muy imaginativa, por mágico. Escribía en él constantemente, pero tan solo en una ocasión su padre se interesó por el cuaderno y lo que su hija pudiera anotar en él. Al ver que eran frases sin sentido su mirada se humedeció, le acarició la cabeza compasivamente y la dejó hacer. Sin duda aquel galimatías era fruto de lo mucho que la niña estaba sufriendo. No le dio más importancia.



Cuando todas las puertas de la medicina tradicional se cerraron, los padres de Natalia empezaron a consultar a videntes, charlatanes y curanderos de todo género. De nuevo la esperanza, la ilusión de que Natalia al fin mejoraría. Pero no tuvieron mucha más suerte que en su recorrido por los hospitales.



Para aquel entonces los síntomas habían evolucionado y el malestar no solo aquejaba a su cuerpo, sino también a su mente. Se agitaba mucho durante el sueño y hablaba sin sentido, impidiendo descansar a nadie en la casa; escribía en cuanta superficie tuviera a disposición usando lo primero que encontraba, aunque nadie entendía el significado de sus palabras inventadas; había reescrito cada hoja de su cuaderno cientos de veces, hasta el punto de que las hojas estaban cubiertas de tinta casi en su totalidad. Hubo una ocasión en que sus padres intentaron que se deshiciera de él, pero ella insistía en que no podía porque era “el testamento”.



-         ¿El testamento de quién, Natalia? Cariño, danos ese cuaderno, te compraremos uno nuevo.



Pero Natalia negaba con una enigmática y aterradora expresión en la cara, abrazada fuertemente al ajado montón de hojas.



Las cosas siguieron así algún tiempo más para desesperación del matrimonio, y cuando ya estaban convencidos de que no volverían a ver a su hija libre de aquella enajenación que les infundía temor, Natalia se restableció. De la noche a la mañana parecía ser de nuevo “su” Natalia. No había una explicación, pero estaban agradecidos.



La niña guardó en su escondite preferido el cuaderno y no volvió a necesitarlo porque al fin se había consumado el proceso de la herencia. Aquel escritor que una vez vendiera su alma al diablo por una vida llena de letras, había conseguido transmitir su legado y también su deuda...