viernes, 27 de marzo de 2015

Lidia y la Primavera

Primavera-milagro


Aquella era la primavera de sus 45 años...



Nunca le había importado cumplir edad, todo lo contrario, estaba feliz de poder ir desgranando las hojas del almanaque con una salud razonable, proyectos e ilusiones para cada día y la compañía de su querido Manuel. Aunque lo cierto es que ese número le daba que pensar y a menudo en aquellos días se sorprendía a sí misma abstraída haciendo balance de su vida. En esas estaba en aquel momento, sentada desenfadadamente sobre la cama, con las fotos de su vieja caja de lata esparcidas sobre la colcha y una sonrisa nostálgica en la boca.



Manuel golpeó suavemente con los nudillos en la puerta entreabierta y atravesó el dintel sin esperar respuesta. Ella levantó la vista para mirarle y casi le dolió comprobar cuánto quería a ese hombre. Siempre habían estado juntos, desde la Universidad, y su proyecto de vida había coincidido en todo. Bueno, en todo no, estaba el tema de los hijos. Manuel no había querido tenerlos bajo ningún concepto y ella acabó por auto convencerse de que podría soslayar su deseo de ser madre con fuerza de voluntad y aquel amor inmenso que le inundaba el pecho. Cuando pensaba en ello se entristecía, pero apartó el recuerdo de su mente por enésima vez en su vida y observó complacida el reflejo plateado que cubría las sienes de su compañero. Le interrogó con un brillo cómplice en los ojos. A cambio él apartó la vista de aquella sonrisa y con ademanes pausados sacó una maleta del armario y comenzó a llenarla de ropa.



-         ¿Sales de viaje otra vez? No me habías dicho que tuvieras trabajo este fin se semana.

-         Y no lo tengo, Lidia. Me voy de casa, ya no puedo seguir con esta farsa que nos hace daño a los dos. Hay otra mujer, espera un hijo mío y creo que merecemos una oportunidad de ser felices. Lo dijo de corrido, sin emoción, como si lo tuviera bien ensayado.



Aquellas palabras heladas cayeron como un alud sobre ella y quedó sepultada en una blanca tumba de incomprensión, dolor y traición. No dijo nada, no hizo nada, ¿cómo podría si acababan de arrancarle el corazón?



Se levantó en estado de shock, sin entender, sin saber, y salió al jardín buscando el aire que le faltaba para respirar. Nunca en su vida como ahora había deseado tanto desaparecer, transformarse, huir, dejar de sentir, ser otra cosa diferente a una mujer.



Y la primavera, compasiva, obró el milagro.



De súbito una sequedad creciente se fue apoderando de cada centímetro de su piel, acartonándola, lignificándola. Luego fueron las manos, que cambiaban su aspecto a ojos vista engrosándose, brotándoles nudos y adquiriendo una inconfundible textura vegetal brazos arriba. En seguida su larga melena castaña comenzó a verdear, dejando al descubierto incipientes y tiernos brotes que crecían frondosos al tiempo que sus pies se anclaban con raíces vigorosas al suelo. Era extraño, conforme avanzaba aquel proceso el dolor iba desapareciendo, el olvido la mecía como brisa y secaba su llanto, los nacimientos que no había alumbrado latían dentro de ella al ritmo de la savia viva que la alimentaba.



Para cuando comprendió por completo lo que pasaba ya lo había aceptado en su nuevo corazón y supo que siempre formaría parte de aquel jardín. Sencillamente se dejó hacer, dócil a los designios de la primavera, a cambio de la felicidad.

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