miércoles, 27 de mayo de 2015

En Desacuerdo (I)



Edgar, poseedor como todos sabéis de una prodigiosa imaginación, me propuso escribir lo que a continuación leeréis. Se trata de un mismo relato que tiene dos versiones: la mía, escrita en clave de misterio, y la suya, escrita en clave de terror. A la hora de publicarlo alternaremos sucesivamente seis fragmentos, tres de cada autor, hasta completar las dos versiones íntegras mencionadas. ¿Estáis algo confusos? ¡Eso se arregla leyendo!

La verdad es que no lo veía yo muy claro al principio ni lo entendía muy bien, ¿pero quién le dice que no al blogger más encantador de todo Google+? Así que me dispuse, armada de ilusión y con la imaginación afilada como el lápiz de un escolar, a intentarlo al menos. Ahora puedo decir, con conocimiento de causa, que la experiencia ha sido genial y que trabajar con él es un verdadero placer.

Espero que disfrutéis este trabajo tanto como nosotros. Ha quedado demostrado que disentir, tanto en la vida real como en la ficción, puede llegar a ser muy divertido…

Parte I

El mismísimo notario parecía formar parte del mobiliario, plenamente integrado como estaba al panorama de aquella rancia habitación. No es que estuviera sucia, es que el paso de los años todo lo recubre de una pátina invisible de decadencia, incluso aunque la habitación pertenezca a una mansión y solo los muebles ya cuesten una auténtica fortuna.

Fueron llegando con cuentagotas y más bien tarde, seguramente temiendo los unos tener que cruzar una palabra con los otros. Sin duda la lectura del testamento era un reclamo lo bastante poderoso como para reunir a la familia después de tantos años, pero no por eso iban a dejar la vieja costumbre de ignorarse o despreciarse entre sí.

La primera en aparecer fue Rose, una mujer esbelta y sensual como una gata que jamás hubiera pisado un vertedero. Ya era inmensamente rica gracias a sus ventajosos divorcios, pero no por eso pensaba dejar de reclamar un solo penique del testamento de su padre que ella considerara que le correspondía. Vino acompañada de su único hijo, un adolescente pelirrojo de mirada sagaz y rostro pecoso.

Su hermano John, el mayor de los tres vástagos del finado, llegó tras ella. Se hacía acompañar de su hierática esposa, una enfebrecida amante de las operaciones de estética, y de sus dos hijas gemelas. Lástima que en plena juventud ya compartieran la afición de su madre por el quirófano.

Y por último se personó en la sala una extraña pareja que a todas luces desentonaba con el estatus social de la familia y a la que nadie de los presentes parecía conocer.

El ayudante del notario, siguiendo una leve indicación de cabeza de éste, cerró por fin las puertas de la biblioteca. El silencio entre los presentes era pernicioso y espeso.

“Estamos aquí para dar lectura a las últimas voluntades del Barón Locker. Siguiendo sus instrucciones han sido convocados todos sus hijos, a excepción, por motivos obvios, del recientemente fallecido Andrew Locker”.

Rose y John interrumpieron al notario con una exclamación ahogada y se miraron por primera vez interrogándose mutuamente con los ojos. ¿Estaba el benjamín de la familia muerto? ¿Cuándo, cómo, dónde?

“Suicidio, hace dos meses, en esta misma casa. Se encontraba de visita viendo a su padre y decidió, muy inoportunamente por cierto, quitarse la vida”, contestó en tono cansino el Sr. Worsworth. Estaba claramente molesto por tener que interrumpir su discurso para hacer aquella aclaración.

Hubo conmoción en la sala ante la noticia, pero nada comparado al momento en que el honorable anciano, cumpliendo con sus obligaciones, presentó a la sra. Morse y a su hijo Thomas, que a la sazón era también hermano de ellos. Un desliz del difunto, sin duda, porque el joven de flequillo rebelde y ojos verdes como pedazos de jade tenía al menos treinta años.

“¡Intolerable!” es lo único que acertó a decir John.
“Legalmente reconocido” apostilló el notario para atajar ese asunto sin más.

A partir de ese momento ya estaban preparados para oír cualquier cosa. Los secretos de familia bajo la alfombra parecían haber cobrado vida y correteaban libremente por la sala.

Terminó de leerse un testamento en extremo minucioso que detallaba a la perfección qué propiedades, títulos y activos del banco correspondían a cada hijo. Las partes no eran equitativas desde el punto de vista de John y Rose. Por supuesto ellos consideraban que Thomas estaba robando la herencia que correspondía a sus hijos y que no era más que un advenedizo y un oportunista. Nadie los convencería nunca de lo contrario.

Solo quedó un cabo suelto. Respecto a la mansión que ocupaban en ese momento y que había sido la residencia oficial de la familia durante generaciones, se añadía únicamente una nota: la heredará el único de mis hijos que tiene las manos limpias de sangre. 

Julia C.

Continuará... 

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Código: 1505274181107
Fecha 27-may-2015 7:49 UTC
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