jueves, 7 de mayo de 2015

Rosa blanca - 1.890 - Julia C. y Laura Mir

Rosa-Blanca
(Para leer el comienzo de la historia pincha aquí)

1.890 (parte II)

Rosa no era como su nombre. Ella no poseía belleza ni suscitaba natural admiración; no atesoraba la delicada fragancia ni las amorosas formas de la flor; ni siquiera llegó a tener nunca la tonalidad del hermoso color adornando sus labios. Pero tampoco tenía las espinas, porque Rosa era una joven esencialmente bondadosa a la que la sencillamente la genética decidió no favorecer.

Por esa razón y aunque quizás cabría esperar que se sintiera desdichada con su vida, era feliz. Llevaba una existencia esforzada porque trabajaba mucho a pesar de su corta edad, pero su vital imaginación y el sentirse apreciada por cuantos la conocían eran alicientes suficientes para ella.

Para Alea y Tomás, gente modesta que se ganaba la vida con honradez, era su más preciado tesoro. Desde que llegó a sus vidas la quisieron con todo el corazón y la mimaron con todos los medios a su alcance, aunque fueran más bien pocos. Una muñeca hecha de retales sobrantes que la madre pudiera rescatar de alguna clienta, un conejito como mascota que le trajera su padre, un vestido nuevo al año, que aunque sencillo estaba primorosamente cosido por las expertas manos de Alea, y todos los besos y caricias que una niña pueda desear. Así fue creciendo Rosa hasta convertirse en una joven despierta cuya sonrisa luminosa hacía olvidar lo poco agraciado de su rostro y lo corriente de su ropa.

Como era de esperar, cuando tuvo edad suficiente aprendió el oficio de costurera de su madre y resultó que se le daba más que bien. No solo es que dominara la técnica, sino que tenía imaginación para introducir pequeñas innovaciones en los diseños que encantaban a las clientas y que las hacía sentirse especiales. Pronto empezó a ser conocida en aquella modesta parte de la ciudad por su habilidad innata y su buen hacer cuando de telas y encajes se trataba. Alea la miraba trabajar con orgullo de madre y daba gracias al cielo por aquel regalo que se les había concedido.

Solo un detalle faltaba en la vida de Rosa, solo encontraba un motivo para el suspiro permanente en sus ratos de ocio, y es que siempre había deseado con todo su corazón la compañía de un hermano o una hermana con quien compartirlo todo. Al comprobar a diario el amor que sus padres se profesaban no llegaba a entender cómo era que no tenían otro hijo, y aunque ella jamás pedía nada, eso sí que se había atrevido a desearlo en voz alta muchas veces.

Cuando surgía el tema sus padres la miraban dulcemente, le decían que había que confiar en los designios de Dios, y le sonreían benevolentes. Pero la sensación de ausencia y de estar incompleta seguía instalada en su corazón; y la sombra del que algo oculta permanecía en los ojos de sus padres.

Continuará...

Julia C. Cambil 

Código: 1505084039766
Fecha 08-may-2015 2:02 UTC
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