viernes, 6 de noviembre de 2015

Deseos inconfesables

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Parece sórdido. Dos adultos con ganas atrasadas comiéndose a besos en un coche. Es una tarde cualquiera.

La lluvia queda fuera; con su repiqueteo pone la banda sonora a una escena de puro deseo. El vaho que se va formando a este lado de los cristales es el cómplice perfecto, los mantiene casi a salvo de miradas indiscretas.

Tras el velo de sus párpados cerrados percibe un cambio en la luz. Está ocupada tratando de obviar el estorbo de la ropa y no le interesa nada más, pero los faros rojos del coche que pretende aparcar delante la desconcentran unos instantes. Nunca ha tenido afán exhibicionista, prefiere la intimidad de una puerta cerrada y dos mentes abiertas, pero en estos momentos todo le importa poco y continúa a lo suyo, incluso le excita pensar que el recién llegado esté observando por el retrovisor.

Sabe que no es el sitio adecuado, o debería saberlo, pero nada puede hacer porque sí es el momento preciso. Su cordura huyó junto a alguno de los jadeos salidos de su boca y no acierta a detener el avance de esa mano que escala posiciones por su rodilla arriba. Es más, juega a retarla tentadora con una leve separación de sus muslos. Confía estúpidamente en que él sabrá poner límites. Se equivoca.

Por alguna razón un click en su cerebro saturado de hormonas la trae de vuelta a la realidad. No recuerda haber visto salir del coche al conductor inoportuno. Quizás siga ahí, quizás intuya lo que no puede ver y esté excitado. Piensa que sería morboso compartir con él el orgasmo que ella sabe ya inevitable y ese pensamiento termina de catapultarla a unos instantes de placer salvaje. Es consciente de estar muy mojada. Se le ocurre que podría lubricar ella sola cien orgasmos como el que acaba de tener. 

La marea de besos, caricias y gemidos va retrocediendo sensatez adentro. Mientras se recompone la ropa murmura algunas cosas tiernas que en realidad no siente pero que cree que su acompañante necesita. Y antes de que sobrevenga el silencio, una puerta de coche que se cierra con brusquedad hace añicos el momento. Es el voyeur, ahora sabe de cierto que lo es, saliendo de su coche. Lo hace con lentitud, se demora sin necesidad y mira hacia atrás mientras gira la llave en la cerradura, como si fuera inmune al agua que cae del cielo. No trata de ser discreto, les mira seductoramente y sonríe. 

Ella también sonríe; en la boca del estómago le baila la sensación de querer seguirle bajo la lluvia adonde quiera que vaya…

Julia C.