martes, 30 de agosto de 2016

El precio de los recuerdos



Lo primero que recuerdo de ella cuando la pienso siempre es su silueta a contraluz. Los amplios ventanales del Centro Comercial quedaban a su espalda y le dibujaban un fondo de vidrio y sol para que su ceñido vestido, de intrincadas figuras geométricas, resultara hipnótico.

Habíamos sido buenas amigas en la facultad, pero como tantas veces pasa, la vida nos había llevado por caminos diferentes después. Distintas salidas laborales a nuestros estudios y distintas ciudades donde ejercer habían terminado por separarnos emocional y físicamente. Alguna postal por el cumpleaños, una felicitación en Navidad, llamadas de teléfono esporádicas; poco más había alimentado nuestra relación en esos años en que la juventud iba quedando atrás y nos íbamos convirtiendo en mujeres maduras. Precisamente por eso, porque ese mes ambas cumplíamos los cuarenta, decidimos aprovechar que un asunto de trabajo la traía a mi ciudad y quedamos al fin. Aprecié el detalle de que me lo propusiera a pesar de lo apretado de su agenda; siempre su agenda.  

No recordaba tan negro su cabello, seguramente porque ahora estaba teñido, pero seguía conservando indemnes su andar grácil y esa sonrisa angelical que contradecía por sistema lo pícaro de sus ojos verdes. Siempre la había considerado hermosa y sin duda seguía siéndolo. Mucho.

No eran horas, apenas las doce del mediodía, pero decidimos tomarnos un Martini para romper el hielo y celebrar nuestro encuentro como merecía. Por los viejos tiempos, por todo lo que habíamos compartido, por la prolongada ausencia en la vida de la otra. Era de esperar que nos contáramos lo necesario para ponernos al día, dándonos aburridos detalles quizás de nuestra reciente biografía, pero Eva llevó inesperadamente la conversación por otros derroteros bien diferentes. 

Apenas terminaba de saborear con deleite la guinda roja que hacía juego con sus labios, cuando me dedicó un suspiro desidioso y comenzó a hablarme de su reciente ruptura sentimental. Ni siquiera sabía que tenía pareja y, aunque nunca habíamos sacado el tema, yo intuía que se trataba de otra mujer. Bueno, quizás sea algo hipócrita por mi parte decir que lo intuía. Aún recordaba, como en un paréntesis a salvo del tiempo, de razones o de juicios, sus besos y sus lascivas caricias aquella noche de hacía tantos años. Lo sabía, claro que lo sabía, pero no había querido pensar en ello; tal vez hubiera tenido que reconocer que me gustó más de lo que quería admitir y que lo había echado de menos en algún descuido. No sabía bien qué rumbo había tomado en lo personal la vida de Eva, pero en mi caso imperaba lo convencional y lo políticamente correcto. No había lugar para ciertas distracciones.

Eva no es de esas mujeres a quienes se puede consolar, no lo permite. Es fuerte y está acostumbrada a pelear sus batallas hasta las últimas consecuencias, así que me limité a brindarle mi atento silencio y alguna caricia leve que ni pude ni quise evitar. La discreta penumbra del local, el sutil toque de su perfume flotando en el aire y los crecientes efectos de la bebida invitaban a la intimidad. Intenté lamentarlo por ella, pero lo cierto es que su pena parecía más bien una pose. Así era la mujer fatal que a ratos habitaba en mi querida amiga.

Después de dos copas, ligeramente achispadas y felices de habernos reencontrado, decidimos dar una vuelta por las tiendas del Centro Comercial. Teníamos la intención de hacernos un regalo de cumpleaños anticipado, algo extravagante que nos reconfortara de la rutina diaria y nos hiciera sentir jóvenes, guapas y dueñas del futuro de nuevo. 



Después de curiosear por varios establecimientos la llevé a mi boutique favorita; supongo que quería impresionarla. La regentaba Sonia, una pelirroja con buen ojo para la ropa y las personas, capaz de hacerte comprar incluso en el estado más penoso de tu cuenta bancaria o de tu ánimo. Después de las debidas presentaciones y de echarnos unas risas a costa de nuestra buena disposición a salir de allí convertidas en divas, nos enseñó la mercancía recién llegada, nos asesoró sobre estilos y colores y nos abrió el probador VIP. “Sin prisa, chicas, elegir bien es un arte”, dijo tras guiñarnos un ojo y retirarse a atender a otras clientas. A partir de ahí tuve la sensación de que los acontecimientos se precipitaban como el agua de una cascada.

Eva nunca ha sido pudorosa, y antes de que terminara de cerrar la puerta, ya estaba en ropa interior frente al espejo. No pude evitar fijarme, llevaba un delicado conjunto de La Perla en color rosa palo que más parecía acariciar sus curvas que cubrirlas. Se miraba interesada, como si no se hubiera visto en tiempo, y tras ladear la cabeza en señal de duda, tomó mi mano y la llevó a su cadera. “¿Tú crees que aún estoy lo bastante dura como para no dar asco?”. No pude evitar reírme con la ocurrencia y le aseguré, confieso que algo turbada por su contacto, que estaba más buena que un queso. Era una broma, una forma de animarla. También era el sorprendente pensamiento que me asaltó. Se giró complacida en su ego y rozó juguetona la punta de mi nariz con la suya. De repente parecía que aquel probador tenía la calefacción a tope. 

Algo confusa y tratando de no darle importancia al gesto, me metí un escotadísimo vestido sin mangas que jamás me atrevería a llevar en público. No hizo falta que le pidiera opinión a Eva, al primer vistazo resopló horrorizada por lo mal que me quedaba. Con su habitual diligencia se colocó delante mía, me rodeó con sus brazos y manipuló el cierre del sostén hasta soltarlo. “Esto se lleva sin, y con algo más ligero aquí abajo”. No solo me había despojado con total naturalidad del sujetador, sino que dejaba reposar las manos en mis nalgas sin ambages, dando a entender que mis braguitas tampoco eran las adecuadas para aquel modelo. 

Creo que ambas fuimos conscientes al mismo tiempo de lo cerca que estábamos, y también del deseo que sentíamos. La proximidad de su aliento me erizaba el vello y ella no parecía inmune al tobogán de mi escote, fija la mirada en él y ligeramente agitada la respiración. Con el primer beso de su boca quedó aplazado cualquier rastro de cordura o comedimiento de la piel.

No consigo recordar si finalmente compramos algo o si conseguimos tener un aspecto “respetable” al salir de aquel cuartito, pero sí los esfuerzos por ser silenciosas mientras nos regalábamos y demandábamos placer mutuamente. Visto en perspectiva me atrevería a asegurar que no fue su primera vez; a Eva siempre le gustaron las emociones fuertes. 

Hoy hace ya unos años de aquel episodio y no he vuelto a verla, cosas de su agenda, pero al menos mi vida y mi familia parecen en orden, a salvo de aquellas horas que pasamos juntas en aquel probador y más tarde en su habitación de hotel. Supongo que debo conformarme con el regalo de su recuerdo y la tortura de unas cuantas dudas.

Julia C.