martes, 22 de noviembre de 2016

Noche de estreno

Félix Vallotton, “La visita”


 Adrián no encontraba su sombrero ni su bastón; no recordaba dónde los había dejado. Pudiera parecer un problema menor dado que tenía de sobra dónde elegir en su extenso y elegante guardarropa, pero es que él quería llevar a la ópera precisamente “esos”. La música siempre había sido sagrada para él y todo lo que la rodeaba era un acontecimiento digno de respeto, celebración y protocolo.

La primera vez que dirigió una orquesta, aquel noviembre extremadamente lluvioso y frío en el que muchos vaticinaron que nadie acudiría al teatro para ver a un perfecto desconocido, obtuvo sin embargo un éxito rotundo tanto de crítica como de público. Fue el comienzo oficial de una prestigiosa y dilatada carrera que él achacó, además de a su trabajo y al esfuerzo de años, a la suerte que aquellas prendas le habían traído. Él no se consideraba supersticioso, pero desde entonces procuró conservarlas en perfecto estado; si funcionaban como un talismán, y pensaba que sí, no convenía tentar a la desgracia.

Esa noche, muchos años después, las necesitaba de nuevo y no le importaba que estuvieran pasadas de moda o que lucieran algo anacrónicas; tenía que encontrarlas y tenía que llevarlas consigo. Si la dulce Berta aún viviera, suspiró, seguro que solucionaba el problema en un santiamén. Pero la compañera de belleza serena y sonrisa perpetua que siempre le apoyaba y que era el centro de su vida junto con la música, ya no estaba.

Adrián luchó por contener las lágrimas y espantar los recuerdos dolorosos. Había crispación en sus manos arrugadas porque hacía tiempo que el pasado y las ausencias eran una carga difícil de soportar.

Pero él no era de los que se daban por vencidos; seguiría escudriñando cada rincón de la casa y acabaría por lograr su propósito. Hoy era su nieto quien se estrenaba como director y, aunque no pudiera oírle a la perfección a causa de su incipiente sordera, no estaba dispuesto a fallarle.  
Julia C.