viernes, 9 de febrero de 2018

En sus ojos



Cada mañana hacía su recorrido en sentido inverso al que indicaba la lógica, comenzando su tarea por las últimas jaulas del laboratorio en lugar de por las primeras; además procuraba demorarse todo lo posible. Tania no era negligente ni perezosa, no era esa la razón de sus acciones, sino que temía el momento de enfrentarse al ocupante de la número uno, un mono color chocolate al que ella misma había bautizado como Hugo. 

Su trabajo de técnico no era complicado y lo cierto es que lo disfrutaba mucho: le encantaban los animales, todos sin excepción. Ella comprobaba que se encontraran bien mientras participaban en los estudios, les proporcionaba agua y alimento, registraba algunos parámetros básicos en sus gráficas correspondientes y les mantenía limpio el entorno. A veces, porque no podía resistirse, les daba un nombre y mimos. No parecía muy profesional y quizás no estuviera permitido, pero quién iba a enterarse. La gente importante, los científicos que trabajaban con ellos, no pasaban casi nunca por allí; tenían sus propias instalaciones a las que, por cierto, muy poco personal podía acceder. Eran los celadores para tal efecto los que traían y llevaban a los animales de sus jaulas a las dependencias donde se efectuaban los experimentos.

Hubo un tiempo, al principio, en que tanto secretismo le daba mala espina. Ella no quería colaborar ni tener nada que ver con acciones crueles contra los animales y, aunque le hiciera mucha falta el dinero, no estaba dispuesta a transigir en ese punto. Luego, al comprobar al final de cada jornada que los especímenes estaban en perfecto estado y que parecían contentos, se fue relajando. Hasta que llegó Hugo. 


Recordaba muy bien la mañana en que lo habían recibido, era un día lluvioso de primeros de abril. Tenía el pelaje mojado, seguramente porque en algún momento había dejado de estar a cubierto. Ella le buscó una jaula amplia para que se encontrara cómodo, le secó con una toalla y le acarició mientras le hablaba para que se habituara al tono de su voz y confiara en ella. Era un animal sociable, alegre, incluso travieso, ¡no dejaba de tironearle de la bata y de hacer muecas mientras le pasaba la toalla por el cuerpo! Después le dio una golosina que el mono agradeció brincando y chillando a buen volumen y procedió a rellenar los campos pertinentes de su ficha de ingreso. Todo iba como la seda. Los “problemas” comenzaron cuando incluyeron a Hugo en algún estudio del que ella no sabía nada. El caso es que se lo devolvían, después de cada sesión, cada vez más alicaído. Nadie le daba explicaciones, solo le aseguraban que estaba bien y que no era competencia suya evaluarlo más allá de sus necesidades básicas. En eso tenían razón.

A Tania le daba pena y procuraba buscar tiempo que pasar con él cuando sus obligaciones se lo permitían: jugaban, le estimulaba con dulzura y trataba de animarle. Parecía muy inteligente y por más que buscó, no encontró señal alguna de tortura. Fue por aquel entonces cuando le puso nombre, aunque no fue tarea fácil. El mono protestaba con quejidos, demasiado parecidos al llanto, ante sus propuestas. Solo se calmó cuando ella le ofreció llamarle Hugo, ¡fue increíble! El destello de agradecimiento y pura humanidad que asomó a sus ojos color ámbar hizo que Tania sintiera un escalofrío por la espalda. También le obsequiaba con música a veces, y las preferencias del animal quedaron tan claras que era imposible obviarlas: música clásica, sin lugar a dudas. No era el género favorito de la cuidadora, pero como estaba por agradar al pobre animal, transigía. Tan solo una vez, pasado el tiempo, se atrevió a meter en el reproductor un Cd con uno de sus grupos de rock favoritos y tuvo que quitarlo enseguida. El gesto de Hugo mudó de la complacencia a la ira en segundos. Cuando levantó la cabeza para clavarle la mirada, ella comprendió que se trataba de una amenaza. Así, poco a poco, de la compasión pasó al miedo y de visitarle con agrado a evitarle todo lo posible.

Además de su comportamiento, cada vez más serio y taciturno, Hugo estaba cambiando su aspecto físico. Se mantenía más erguido, se sentaba largos ratos en el suelo contemplándose las manos entrelazadas sobre el regazo,  cualquiera diría que meditando, y dejó de hacer con el rostro las muecas propias de su especie. Era sobrecogedor el silencio que le circundaba siempre y el modo en que sus ojos expresaban toda clase de emociones. El colmo fue el día en que se hizo con una bayeta de limpieza que ella dejó a su alcance y la usó para cubrirse los genitales. A Tania no se le ocurrió quitársela porque estaba segura de que él había comenzado a sentir pudor de su desnudez; le pareció que sería una crueldad. También le pareció que ya apenas si era un animal lo que contenía aquella jaula.

Pero ella no abandonó su puesto en el laboratorio por ninguno de estos extraños episodios; lo dejó el día en que Hugo aprovechó que pasaba demasiado cerca y, en un descuido, la sujetó del brazo con fuerza. Juraría que mientras la miraba con desesperación había conseguido articular una palabra igual de desesperada: ¡ayuda! 

Hoy Tania ya no trabaja con animales, le recuerdan demasiado a Hugo y la hacen dudar de su cordura. Sin embargo cree que volverá a verle en algún momento. La prensa habla de la fuga de un ejemplar de simio en el laboratorio donde ella solía cuidarle…

Julia C. Cambil

Dedicado a mi madre, que sin saberlo me dio la idea para escribir este relato.