lunes, 5 de febrero de 2018

Cita a ciegas (VI)



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El día estaba gris, plomizo, y si no fuera porque Mirella se sentía incapaz de fijar su atención en nada, habría advertido que amenazaba lluvia de forma inminente. Ya eran más de las once de la mañana y Andrés aún no había vuelto a casa. Era realmente extraño y el ánimo de la mujer, de habitual sosegado y positivo, empezaba a estar en sintonía con las condiciones climatológicas. 

Entraba dentro de lo posible que Andrés se hubiera quedado dormido, claro, pero estaba cerca la hora de tener que dejar la habitación y él era en extremo considerado con esas cuestiones. Además, ¿también ella era presa de un ataque matutino de somnolencia? Puede que además tuviera el móvil en silencio y por eso no contestara a sus llamadas, pero estaba encendido y operativo, eso seguro. ¿Estaba quizás enfadado y por eso no regresaba? No era su estilo, pero pudiera ser que Naisha se hubiera saltado su acuerdo y le hubiera contado algo inconveniente. ¿Era mejor darle un tiempo para pensar o era mejor ir a buscarle y forzar una conversación? No podía ser que hubiera decidido abandonarla e irse con su amante de una noche, ¿verdad? No, eso era un disparate tratándose de un hombre como él. ¿Y si llamaba en su lugar a Naisha para preguntarle qué sucedía? Tampoco era una opción: resultaba bastante humillante dadas las circunstancias.  

Ya le había dado varias vueltas a ese carrusel sin fin de dudas y, viendo que los minutos transcurrían inútilmente y que su preocupación no paraba de crecer, decidió vestirse e ir directamente al hotel. Fuera lo que fuese que sucedía, no podía ser peor que aquella incertidumbre.

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 Mirella alisaba el embozo de las sábanas blancas con parsimonia, distraída. No le gustaba que las letras con el nombre del hospital enmarcaran la figura inerte de su marido, pero no lograba esconderlas y al fin desistió. Habían pasado muchas cosas en los últimos días, ninguna agradable, y lo apagado de su piel no dejaba dudas sobre su gran cansancio. No importaba, todo lo daba por bien empleado si ahora podía cuidar de Andrés y existía una posibilidad de hablar, de aclarar las cosas entre ellos. 

Apartó con gesto asqueado el periódico que reposaba sobre la butaca, junto a la cama, y se dejó caer de nuevo en ella. Ya había leído bastante sobre el escándalo que se produjo en el hotel cuando descubrieron el cuerpo de Andrés, sobre su declaración en comisaría, sobre las incómodas explicaciones que tuvo que dar acerca de por qué estaba allí su marido y por qué ella conocía la identidad de la mujer que sin duda lo había agredido. Noticas jugosas para la prensa, morbo a granel para los carroñeros de desgracias ajenas. Y lo peor es que aquello no tenía visos de parar en breve, porque después de exprimir los hechos, vendrían los artículos de opinión, las conjeturas: lo nocivo de una vida liberal, los peligros de internet y la gente malintencionada que se esconde tras perfiles falsos en páginas de contactos, los engaños a la orden del día en un mundo que solo busca inmediatez en las relaciones y que hace pagar un precio a quienes se involucran en él. Todo tan sórdido, todo tan lejos de sus verdaderas intenciones... Al menos habían encontrado y detenido a Naisha, que por supuesto pasaría una buena temporada en un centro psiquiátrico. Aún era pronto para compadecerse de ella, ahora solamente era capaz de odiarla con todas sus fuerzas. 

Unos nudillos golpearon  suavemente el quicio de la puerta y Mirella salió de su ensoñación al instante. El médico, un hombre de gesto serio tras sus gafas de montura plateada,  traía los resultados de algunas pruebas para comentarlos con ella: eran optimistas con la evolución del paciente, aunque aún quedaba por delante una dura batalla hasta que se restableciera del todo. Mirella agradeció el pronóstico alentador rompiendo a llorar. Estaba sometida a mucha presión y en su fuero interno ansiaba tanto como temía que llegara el momento en que la salud de Andrés no fuera lo único importante.  




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Se levantó para recibirla en cuanto la divisó a la puerta de la cafetería. Le pareció que estaba más delgada, quizás con un corte de pelo diferente y algo más rubia, pero igual de atractiva que siempre. Él solía hacer caso a su instinto, se fiaba de él, y el vuelco de su corazón cuando se aproximó a besarla en las mejillas le indicó que había tomado la decisión correcta o al menos la que más feliz le hacía. Ella se dejó hacer y le sonrió con cierta timidez, o puede que inseguridad, pero también de forma coqueta. Volvían a ser dos adolescentes en su primera cita, como tantos años atrás. 

Andrés ya había consumido un café durante la espera, pero pidió otro para acompañar a Mirella. Mientras observaba sus manos delicadas manejar la lechera para añadir unas gotas a su té y llevárselo a los labios, reparó en que aún llevaba la alianza. A lo mejor también él debería habérsela puesto, pero acordaron sinceridad absoluta y en aquellos meses de separación para poner en orden sus sentimientos no se había considerado unido a ella. Fue duro enfrentar su recuperación  primero y las confesiones que ella le hizo después. Pocas cosas de su mundo, en apariencia estable y seguro, habían quedado en pie. Ahora todo eso había quedado atrás y no quiso esperar más para decir lo que había venido a decir.

Te he echado mucho de menos.

El brillo acuoso de una lágrima amenazó con malograr el maquillaje de los ojos de Mirella. Le contestó sorprendida y con un punto evidente de emoción en la voz. 

Yo también a ti, no sabes cuánto. Si me has perdonado, si quieres volver a casa, yo… 

Shhhh, vámonos de aquí. A nuestra edad no está bien hacer en público lo que ahora mismo estoy pensando. 

Mirella nunca había estado tan feliz de que Andrés la interrumpiera; en realidad no sabía si sería capaz de expresar todo lo que llevaba dentro. Pero no haría falta, no al menos en ese momento. 

Fin

Julia C. Cambil