sábado, 18 de octubre de 2014

Los bloggers y el espejo de las vanidades

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No pretendo descubrir la pólvora, faltaría más, solo exponer algunas reflexiones que todos los bloggers podríamos hacer, aunque fuera a solas con nosotros mismos…



Veamos, la blogosfera es un “sitio” enorme, y cada uno de los que aquí escribimos no somos más que un grano de arena en el vasto desierto (eso creo que lo tenemos asumido, mal asunto si no). Pero ¿por qué nos importa tanto ser un grano importante y reconocido? ¿Acaso no debería bastarnos la satisfacción personal de estar llevando a cabo un proyecto que nos convence y en el que depositamos ganas e ilusión? ¿No deberíamos quizás conformarnos con gustarnos a nosotros mismos?



Dado que aquí la lucha por la popularidad es constante, que los esfuerzos que se dedican a ganar lectores son ímprobos, que los conocimientos que deben adquirirse para empezar siquiera a estar en la onda son notorios (no hay más que ver la gran cantidad de tutoriales de ayuda que hay y la gran aceptación que tienen) y que las expectativas de gustar son el motor de cada escrito, creo que la respuesta es “no”. No basta, no nos conformamos.



Hay que ser sinceros, no tiene nada de malo, pero buscamos mil y un modos de promocionarnos y darnos a conocer, escarbamos interesados entre los textos de quienes prometen desvelarnos el secreto para conseguir el post perfecto, pedimos votos, cambiaríamos nuestra pluma favorita por la receta que nos permita enganchar para nuestra causa a cada lector que nos visita, cruzando los dedos para que sean muchos, y si acaso nadie nos busca, a toda costa queremos dejarnos encontrar



Se me ocurre que la clave y el resumen es considerar que escribir es una forma sutil de “exhibicionismo intelectual” y que como tal se necesita público para que sea un acto con sentido y plenamente satisfactorio. Ya está, no somos malas personas porque tampoco es que le hagamos daño a nadie, no?.



Y quizás no vamos a reconocerlo nunca, quizás seguiremos diciendo que escribimos solo porque nos encanta compartir y enriquecernos con la opinión de otras personas, pero cuando caiga el telón y desconectemos el monitor de nuestro ordenador, a solas ya, no nos quedará más remedio que mirarnos al espejo… ese espejo que refleja nuestra propia vanidad, satisfecha o no.