sábado, 25 de octubre de 2014

Los olores de una vida...

fruta-madura



Siempre tuvo la habilidad de retener en su memoria los olores con total nitidez, de forma que poseía todo un catálogo de experiencias olfativas registradas en su cerebro. Para ella era algo natural, inevitable, y con frecuencia usaba esos registros para explicarse a sí misma ciertos sentimientos. Le parecía que los olores eran algo más tangible y fácil de descifrar que los mensajes, a veces en clave, que le enviaba su corazón. En ese momento, más sola de lo que nunca se había sentido, se le ocurrió que si tuviera que asemejar su relación con Carlos a un olor, sería al de la fruta madura en exceso: un punto dulzona y un punto corrompida, tristemente echada a perder.

Nadie que los observara podía dudar de que se querían, o al menos de que lo parecía, pero es que maquillaban cuidadosamente su existencia. Y no era por afán de engañar, ni siquiera a ellos mismos, sino que la costumbre de los tiempos en que lo eran todo el uno para el otro los arrastraba con impenitente inercia.

Lástima que ahora los gestos de cariño estuvieran huecos, los besos secos, las caricias acartonadas en el olvido de una pasión que había sido sustituida por confortable rutina. Si se paraba a pensarlo en un descuido echaba de menos hasta la desesperación los olores de otro tiempo, esos que asociaba a la exuberancia de cuerpos colmándose uno en otro, a los frutos en plenitud de cada estación de sus vidas, a las flores y el café de todos los lugares que habían visitado enlazados por la cintura.

Un insecto fue a posarse sobre la tibia mancha de luz que el sol proyectaba sobre el dorso de su mano y el cosquilleo la sacó del ensimismamiento, trayéndola de vuelta a aquel sofá, a su casa, a la realidad. Miró en rededor: el equipaje estaba en la puerta, la casa en perfecto orden, un sobre con la nota sobre la mesita del salón. Bien, ya está.

Inspiró profundamente y se puso en pie con decisión, como para sacudirse los recuerdos que debía dejar atrás y que le pasaban como losa para tomar su decisión. Se encaminó a la salida y aunque no tenía miedo de convertirse en estatua de sal, tampoco sintió deseos de mirar por encima de su hombro atrás. Jamás olvidaría el olor a nada de aquella despedida sin palabras…