viernes, 10 de abril de 2015

El arma homicida

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Refugiada en un rincón, con las rodillas abrazadas, temblando espasmódicamente. A la vista de todos y sin embargo invisible.

Aquel maremagnum de policías, investigadores y forenses obviaban su pequeño y frágil cuerpo a la existencia. No tenían tiempo para ella, solo para buscar el arma homicida. Era imperativo encontrar el puñal que puso fin a las vidas del Gobernador y de su fulana de turno.

Lloraba, sus enormes y profundos ojos negros lucían anegados por la pena de haber perdido a su padre, quizás no tan amante y dulce como debiera, pero el único que ella tenía.

La tez blanca, casi translúcida; los labios morados como lirios recién marchitados; la carne fría como noche de invierno; el cuerpo encogido sobre sí mismo como si fuera a desaparecer. A nadie le extrañó, era una huérfana más en el saldo de la mafia. No corrían buenos tiempos para la compasión.

Continuaba el trajín, el murmullo irrespetuoso y soez de aquellos hombres que invadían su casa sin miramientos, la luz de las sirenas entrando por la ventana a ráfagas. Ninguna sonrisa, ninguna caricia para ella.

Aún cuando la mancha carmesí se había extendido más allá de su camisón rosado, conquistando así las baldosas del suelo más próximas y sus últimos suspiros, tardaron en darse cuenta.

“¡¡La niña, el puñal está clavado en la niña!!”

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