sábado, 18 de abril de 2015

Segundas oportunidades

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Se atareaba en encontrar algo adecuado que ponerse para la ocasión, revolviendo cajones y examinando perchas de armario borrosas por las lágrimas. Pero no lograba concentrarse.

La noticia había sido repentina y nunca hubiera alcanzado a imaginar lo que le afectaría. Después de todo hacía años que no se hablaba con su padre, un hombre excesivamente rígido y protector que no estaba dispuesto a permitirle vivir su propia vida y mucho menos correr detrás de sus “ridículos” sueños. Intentarlo, papá, eso es todo lo que yo quería…

Paralizada por aquel tropel de sentimientos que nunca le expresó, se enfrentó a la gran luna de espejo que presidía su dormitorio. Fue como reencontrarse, después de mucho tiempo, con una vieja amiga a la que odias y adoras a partes iguales. Habían sido inseparables durante su carrera de modelo, cómo no, pero después de “aquello” ella aprendió a guardar las distancias y a base de férrea disciplina cumplió su promesa de no acercársele nunca más.

Hasta hoy, hoy quería que le doliera para expiar sus culpas.

El reflejo le devolvió una imagen que apenas podía reconocer. Su magnífica figura acusaba el lastre ineludible que la gravedad y los años imponen; el cabello había cambiado los reflejos dorados por otros de luna desteñida, como testigos mudos e hirientes del sufrimiento padecido; el mágico destello esmeralda que siempre había enamorado a los fotógrafos lucía transformado en una arruga profunda de su mirada; y la cicatriz, por supuesto. Seguía allí, surcando sus mejillas de lado a lado sin piedad.

Son cosas que les pasan a los que llegan alto, decía aquel artículo de la prensa amarilla. Un admirador desquiciado, un secuestro, un acto de desesperación al comprender que se la quitarían. Suerte que había salvado la vida, decían, pero lo cierto es que en aquellas pocas horas de tortura se había perdido a sí misma.

Los recuerdos le trituraban el cerebro con despiadada intensidad y el dolor se le había solidificado en los pulmones impidiéndole respirar. No es que le importara morirse en aquel preciso instante, pero le había dicho a su madre que acudiría al funeral y no pensaba fallarle. Apartó la mirada del espejo, apretó los puños y puso en marcha su inmensa fuerza de voluntad para sobreponerse.

Treinta minutos después estaba convertida en un “apropiado” espectro negro, pero antes de salir decidió tener consigo misma una pizca de misericordia: una de sus cápsulas amarillas y todo sería más llevadero. 

El frasco resbaló mientras intentaba abrirlo, señal evidente de que lo necesitaba, y tuvo que arrodillarse a buscar bajo la cama. No había rastro del envase, pero encontró otra cosa que creía perdida hacía mucho tiempo, un libro de citas célebres que le había regalado su padre en su graduación del instituto. Lo sacó de debajo del colchón, lo acarició con ternura como  a un viejo amigo y lo abrió al azar tras inspirar profundo: “Lo único que realmente nos pertenece es el tiempo”, Baltasar Gracián.

La revelación le sacudió el cuerpo como una corriente eléctrica y tuvo la seguridad de que aquella cita no llegaba a su vida justo en aquel momento por casualidad. En un milisegundo comprendió lo equivocada que había estado. Era hora de subsanar sus errores. 

Consultó su reloj, aún disponía de cuatro minutos antes de que vinieran a buscarla, tiempo más que suficiente para mudar su ropa negra por un vestido de flores que ni siquiera había estrenado, soltar su añejo moño y pintar de rosa sus labios.

Ahora sí estaba lista para despedir a su padre y para darse la bienvenida a sí misma.


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