martes, 23 de junio de 2015

Historias ficticias de gente corriente - Deshojando confusiones (IV)



Parte IV – Deshojando confusiones

Giselle y Marisa

Si había un momento bueno para abandonar la fiesta, era aquel. Se sentía fatal por lo que había pasado con Roberto y tras otros dos Martinis que en nada aliviaron su sensación de culpabilidad, empezó a experimentar un desagradable mareo.

Fue en busca del baño para refrescarse un poco, pero antes de encontrarlo se tropezó con Marisa. Estaba plácidamente acomodada en el sofá de la sala, casi en penumbra, fumando un cigarrillo. Realmente ofrecía el cautivador aspecto de una diva de cine. La chica se disculpó por la intromisión, pero en lugar de marcharse fue a sentarse a su lado.

Marisa dio una última calada, descruzó las piernas y se la quedó mirando con una comprensiva sonrisa en los labios. Estaba claro que aquella chica había tomado más alcohol del que le convenía.

- ¿Te encuentras bien, querida? – le preguntó dulcemente.

- ¿No recuerdas mi nombre? Soy Giselle y no, no me encuentro nada bien – respondió la otra con sinceridad -. Los hombres nunca entienden nada, ¿verdad? No son como nosotras, nosotras sí sabemos leer en las miradas y no nos hacemos ideas equivocadas y estúpidas – mientras pronunciaba las palabras paseaba la vista por el cuerpo de su anfitriona sin ningún disimulo. También sin poderlo evitar.

Marisa parecía divertida, no comprendía el juego de aquella jovencita medio borracha y por eso mismo había conseguido captar su atención.

- Bueno, generalizar a tu edad es peligroso; espera a haber vivido un poco más para estar tan decepcionada – contestó conciliadora.

- Yo nunca le dije nada que pudiera inducirle a pensar que le quería; no de esa manera. Y esta noche lo ha estropeado todo con esa horrible escena, declarándose y tratando de besarme. Ahora ya no podré mirarle a los ojos ni contarle mis cosas nunca más, seguro que me odia – las palabras salían atropelladamente de su boca, como a borbotones -. Es un tío estupendo, si me gustara me gustaría muchísimo, pero es que no me gusta, y no entiendo por qué tengo que gustarle yo a él.

- ¿Me estás hablando de un compañero de clase, verdad? - a Marisa le quedaban muy lejos ese tipo de “tragedias juveniles”, pero procuró ser paciente con la joven

- ¡Te estoy hablando de Roberto! ¿No podrías explicárselo tú para que volvamos a ser amigos? Yo no he sabido hacerlo y se ha ido muy enfadado.

Al oír el nombre Marisa sintió un vuelco en el estómago seguido de una intensa sensación de calor que le subía garganta arriba. La combinación de los celos con el sentimiento de haber sido traicionada era un cóctel potente, pero procuró mantener la compostura y hacer como si aquella confidencia no le afectara en nada.

- Yo hablaré con él, no te preocupes – desde luego que pensaba hacerlo -.

La chica le cogió la mano inesperadamente en señal de gratitud, supuso ella, y aunque no estaba de humor para seguir atendiendo la guardería, le pareció de mal gusto retirársela. Al fin y al cabo qué culpa tenía ella de nada. Le dio unos conciliadores toquecitos sobre el dorso y se quedó rumiando su despecho en silencio. Para Giselle, sin embargo, aquel gesto tuvo otro significado bien distinto. Arropada por la seguridad que ofrecen el alcohol y la penumbra e incentivada por lo que ella interpretó como consentimiento, se dispuso a hacer aquello con lo que había estado fantaseando toda la noche: besarla.

Roberto

No podía creer que tuviera tan mala suerte. La única chica que de verdad le había interesado en todo ese tiempo era también la única que no se sentía atraída por él. Y lo peor es que había estropeado además la oportunidad de ser su amigo; ahora la relación sería tirante, estaría condicionada por esas inoportunas palabras teñidas de una ilusión y una esperanza que no le estaban permitidas al parecer. ¿Pero en qué demonios estaba pensando? Declararse a Giselle en casa de Marisa, qué locura. “Si llega a enterarse me hubiera hecho la vida imposible, me lo habría hecho pagar. He llegado muy lejos para tirarlo ahora todo por la borda”. Los pensamientos viajaban por su cabeza como en un tiovivo fuera de control.

Condujo más de una hora hacia ninguna parte, tratando de serenarse, y cuando los restos del alcohol en su sangre convirtieron sus párpados en dos pesados telones, comprendió que debía volver. No tenía ni idea de la hora, no imaginaba qué explicación ofrecería a Marisa para justificar su ausencia, no sabía cómo iba a recomponer los pedazos de su corazón, pero aún así debía volver.

Después de todo las cosas nunca habían sido fáciles para él, por qué iba a ser diferente en el amor.

Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y puso rumbo a casa de nuevo.

Continuará…

Julia C. 


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: 23-jun-2015 18:26 UTC

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