miércoles, 19 de agosto de 2015

Nada de nada



Mucho antes que el bronceador o los tapones de los oídos. La tablet fue casi lo primero que puse en aquel montón dispar de objetos que debía acompañarme durante las vacaciones. Lo cierto es que no pensaba escatimar en recursos para complacer a la caprichosa Inspiración, no fuera a asaltarme por sorpresa y no me encontrara preparada.



Después, cuando deshice el equipaje una vez alcanzado el destino que habría de ser nuestra tierra prometida durante los próximos quince días, me apresuré a elegir un sitio de honor donde colocar mi flamante instrumento de crear “maravillas literarias”. Si cansada, acalorada y deseando irme había sido capaz de escribir unas cuantas cosas más o menos aprovechables, cuanto más no sería capaz de escribir allí, dueña de alquiler de unas vistas estupendas y feliz merecedora de toda la brisa del mar. La cosa prometía, sin duda.



Hasta ahí un plan perfecto.



Pero una vez de vuelta, algo más bronceada y con el contador de mis horas de sueño en positivo, ni siquiera hizo falta descargar mi pen drive verde limón en el pc. No había duda posible acerca de lo que contenía: absolutamente nada. No había escrito ni una sola letra en todas las vacaciones.



A veces tenía alguna idea, apenas el esbozo de una historia intentando abrirse paso entre la espesa pereza de mis neuronas, pero siempre acababa por diluirse el argumento en la nada, como un castillo de arena mal construido. No hay batalla estival que un relato pueda vencer si la desidia invita desplegando todas sus armas.



¿Y entonces? Entonces han sido unas vacaciones de desayunos tardíos en la terraza y charlas untadas en el pan junto a la mantequilla; de hamacas a la sombra frente al agua más azul que una pupila pueda ambicionar; de risas bobas y caricias traviesas a la hora de la siesta, siempre prolongada más allá de lo razonable; de largos ratos de lectura entre silencios y suspiros, a veces compartidos, a veces intercambiados; de larguísimos paseos al atardecer en busca de un helado que nos recordara a Italia; de saludable cansancio tras unos cuantos largos de piscina, cada día medio más; de excursiones en misión de exploración, pamela y cámara de fotos en ristre, buscando colores que se reservan a los turistas que quieren ver, además de mirar… En definitiva, de mil detalles nimios de esos que hacen tan importantes y tan inolvidables las vacaciones.



No he escrito nada de nada, pero lo cierto es que tampoco me arrepiento.



Ya tendré ocasión cuando los días sientan la misma añoranza que yo de las horas de luz y sol, ¿verdad?



Julia C.

Código 1508194908229
Fecha 19-ago-2015 9:55 UTC
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