martes, 25 de agosto de 2015

Un amor de cine



Era de gesto serio, con una mueca a modo de sonrisa cuando intentaba dulcificarlo, que era pocas veces. La mirada retadora, audaz, y el sombrero de medio lado completaban sus inconfundibles señas de identidad. No carecía en absoluto de atractivo, aunque cualquier mujer le hubiera pedido que se despojara definitivamente del abrigo y el manido cigarrillo que se empeñaba en sostener entre los labios. Quizás fuera su absurdo talismán contra el cáncer, claro que en su época poco o nada se sabía sobre eso. El era un tipo en blanco y negro.

Ella coleccionaba lacas de uñas y trajes de noche de todos los tonos posibles. Se diría que si sus labios no lucían rojos como fresas tempranas pidiendo a gritos un bocado, o un beso en el mejor de los casos, no se sentía ella misma. Era preciosa, sin peros, una pelirroja de medidas esculturales y largas pestañas postizas que, sin ser suyas, había aprendido a manejar con maestría. Pocos podían resistirse cuando decidía poner en funcionamiento todas sus armas de seducción. Ella era la mujer a todo color por excelencia.

Coincidieron por azar en una publicación veraniega de las que rellenan espacios en el suplemento dominical. Seguramente se trataba de un artículo sobre la trayectoria del cine o algo parecido.

El flechazo fue, como cabía esperar en estos casos, en color sepia. Una historia sobre estrellas de papel y corazones de celuloide.

Julia C.