jueves, 7 de abril de 2016

Estudios superiores



Tras consultar mi agenda compruebo que es el turno de Frida, la adorable y risueña Frida. A las ocho en la esquina del centro comercial. Añado una señal en forma de “V” junto a su nombre. Allí estaré, puntual como corresponde a un caballero…

Tras la ducha con agua que no me moja y jabón que jamás consigo que haga burbujas, completo mi aseo obsequiándome un concienzudo afeitado. Yo no tengo barba, pero me gusta el ritual de pasar la suave brocha embadurnada de espuma por mi cara; y luego la navaja, claro. Me ha costado aprender a manejarla sin contratiempos, pero ahora que he adquirido la destreza suficiente disfruto usándola. Tampoco puede faltar un vigorizante masaje con aftershave, ¡qué gran descubrimiento! No puedo olerlo, anosmia le llaman, pero lo uso de todas formas porque a ellas las vuelve locas. Es algo relacionado con la química entre la fragancia del producto y mi propio olor corporal, que por supuesto tampoco percibo. Daisy se esforzó por describirlo y acabó catalogándolo de “sencillamente embriagador”. Muy gráfico, me quedó bastante claro.

Me miro al espejo y no puedo evitar pensar que he hecho un buen trabajo. Todo lo que sé lo he aprendido yo solo, observándoles atento y callado. No creo que sea bueno llamar su atención y no entiendo por qué gustan de aparatosas apariciones algunos de mis compañeros.

Es el turno de poner orden en mi cabello. Tengo la sensación de que se ha ensortijado notablemente desde que estoy aquí, y aunque Nancy lo encuentra adorable, yo creo que es un efecto secundario muy molesto. Suerte que he descubierto la gomina, un invento formidable. Lo peino hacia atrás repetidamente hasta que queda perfecto, cada mechón en su lugar. 

La ropa está sobre la cama, perfectamente planchada y almidonada; los zapatos junto a la mesilla, lustrados como espejos. Reconozco que son tareas, la de planchar y limpiar el calzado, que no me gustan nada, pero he convencido a Rose para que hagamos un pequeño trueque de favores. Es muy habilidosa y a mí no me cuesta nada complacerla. Para eso estoy aquí.

Mientras me visto, seguro de mí, pienso en los tiempos en que, recién llegado, me encontraba desorientado y perdido. Lo cierto es que no tenía ni idea de a qué me dedicaría o cómo saldría adelante para llevar a cabo mi cometido de “integración en el entorno con eficacia y puesta en práctica de potenciales propios de cada alumno”. Así decía exactamente el rimbombante enunciado para la prueba. Lo que sí sabía es que quería superarla a toda costa y obtener mi título.

Lo pasé mal probando toda clase de empleos, por encima y por debajo de mis conocimientos, pero al parecer despertaba un rechazo inexplicable entre mis compañeros y siempre acababa envuelto en alguna bronca, con el consiguiente despido. Para mi frustración en ninguno duré más de una semana. Ahora sé que se trataba nuevamente de un asunto de química: su testosterona y mis hormonas alienígenas son incompatibles.

Fueron momentos duros, me sentí muy desesperanzado, pero un tiempo después pude comprobar que ese rechazo se convertía en atracción irresistible en el caso de ellas. Estaba claro que si pulía algunas habilidades innatas en mí y aprendía unas cuantas cosas sobre sus gustos, podía jugar esa baza para lograr mi objetivo académico. ¡¡Yo había llegado a este planeta para regalar amor!! Dentro de unas semanas nos darán las calificaciones, pero mi tutor me asegura que lo estoy haciendo muy bien.

Un último vistazo al espejo, ya estoy listo. Me marcho. Mi cita de las ocho está esperando y estoy deseando “integrarme” con ella.

Julia C.

Código 1604077169814
Fecha 07-abr-2016 8:31 UTC
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