jueves, 2 de febrero de 2017

Cien palabras y una historia (VIII)




Gotas de esperanza

Cuelgan de las cuerdas de la del quinto, como suspiros en flor, las prendas donde puede leerse su vida. El mono gris con manchas indelebles del marido, las ropas negras del luto de su suegra, la minifalda demasiado mini y los tangas de su hija. Todo lo lava y lo tiende porque no le quedan puertas a la casa por donde escapar. La ropa gotea en rítmica sincronía con sus ojos.

Pero también ha empezado a tender, desde hace unos meses,  baberos primorosamente bordados y camisitas con cuello bebé.No le importa el trabajo extra, ahora le huele la ropa a risas y a nueva oportunidad. 

Julia C.



 La Infiltrada

Como si de una plaga venenosa se tratara, pensamientos de venganza y muerte habían invadido su mente. Luchaba contra ellos, se resistía con toda la fuerza de su razón, pero sentía que estaba perdiendo la batalla. La ideología radical que siempre había odiado y que estaba entrenada para combatir, se hacía cada vez más lógica en sus pensamientos, justificando de algún modo la misión que le habían encomendado.

Las vidas sesgadas, incluyendo la suya propia, no serían más que un modo de propaganda, una forma de reivindicar. Mañana al alba tendría que decidir si moría por servir a la causa o por defender a los inocentes…

Julia C.




De mal palo, buena astilla

Te quiere, mamá. Te ha abandonado, papá...

La niña aprendió a hablar con aquella cantinela repetida en sus tiernos oídos hasta la saciedad; era un mantra perverso que, paradójicamente, nunca la angustió, aunque sí la hizo madurar más deprisa.

Cuando piensa en su madre solo consigue visualizar a una enferma de despecho e infelicidad que malgastó su vida sumida en el rencor, pero aun así le está agradecida. Si no fuera por ella nunca habría tenido tan claro su futuro laboral. Ser trabajadora social y velar por la infancia feliz de otros niños la compensaba con creces.  

Julia C.