domingo, 16 de abril de 2017

Gina (V)

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La tarde dio paso a la noche inadvertidamente y cuando quisieron acordar, tras un par de rondas de aquel delicioso licor, ambos estaban anulando sus otros compromisos para poder ir a cenar juntos. Gina solo puso una condición, y es que pagaran la cuenta a medias. “No me gusta deberle nada a nadie”, dijo con absoluto convencimiento y una seriedad que casi resultaba cómica a ojos de Alberto. “Una chica de principios, como debe ser”, le contestó él mientras posaba apenas su mano en la espalda de la chica para acompañar sus pasos. 

Pudiera ser efecto del alcohol, tenía sus dudas, pero lo cierto es que aquel tipo empezaba a parecerle realmente encantador, por no decir que se estaba acostumbrando a bucear en lo selvático de sus prolongadas miradas. No era un cabeza de chorlito, eso lo tenía claro, pero tampoco sabía exactamente qué era en realidad debajo de su fachada de profesional meticuloso y exigente. 

Alberto se guardó de proponer ningún restaurante caro de los que él solía visitar. No quería parecer pretencioso ni intimidarla, así que la dejó elegir a ella. Acabaron sentados a la mesa de una pequeña pizzería del barrio antiguo. Para Gina aquel sitio tenía su historia, toda llena de buenos recuerdos que compartió con su acompañante a lo largo de la velada; además conocía personalmente al cocinero. Se trataba de un italiano grande como un armario que, además de buena mano en la cocina, tenía voz de tenor. En las noches de verano, si se encontraba inspirado y no tenía mucho trabajo frente al horno, salía a la terraza e improvisaba pequeños conciertos para sus comensales. “Si les ha gustado, no lo olviden al dejar sus propinas, damas y caballeros”, decía siempre a la hora de los aplausos. Pero no lo hacía por el dinero, eso lo sabía cualquiera que le conociera un poco. 

La comida y el vino estuvieron a la altura de las expectativas, lo que contribuyó a que el encuentro se perfilara más que agradable. Risas y confidencias, miradas cargadas de intención y algún rubor empezaban a afianzar la naciente complicidad entre ellos. Por eso no hubo ningún problema a la hora de compartir el postre que Giuseppe les envió desde la cocina junto con sus mejores deseos y dos cucharillas. 

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Hubo algún pequeño roce de manos durante la cena, nada especial si no fuera porque ambos anhelaban la calidez de la piel del otro. También una suave caricia en el cuello de Gina cuando él, galantemente, le ayudó a ponerse su abrigo. La chica no habría podido protestar aunque quisiera, estaba como en una nube de emociones y alcohol, pero sabía perfectamente lo que hacía: meter la pata sin remisión. Ya lo pensaría mañana y se lamentaría amargamente con Martina, su confesora; ahora estaba disfrutando.

El taxi los dejó en el portal de Alberto sobre las doce de la noche, “la hora de las princesas y las calabazas”, pensó traviesamente Gina. Después subieron diez plantas en un ascensor recubierto de espejos que se empeñaban en devolverles sus sonrisas nerviosas desde todos los ángulos posibles. Pero el efecto óptico no deshizo el encantamiento y ella continuaba siendo la princesa del cuento tras atravesar el umbral del apartamento. 

“Cuanto antes tengas la muestra de la fragancia, antes podrás empezar a trabajar en el tema”, le había propuesto Alberto con brillo felino en los ojos. “Me parece bien”, aprobó ella con una seductora caída de ojos mientras asentía. Y allí estaban para recoger la dichosa muestra. Los dos sabían que era una excusa, pero es que se morían por besarse.

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Venga ya, Gina, estás de broma. Es muy temprano para tus pariditas, ¿sabes?
Bueno, si prefieres dormir a que te cuente los detalles escabrosos…
No puede haber detalles escabrosos. Estamos hablando de ti, del pijo odioso y de una reunión de trabajo.
No tan odioso después de todo El tono de su voz había cambiado perceptiblemente y Martina supo al instante que sí había una historia que contar. 
Hay que joderse. Por culpa de cosas así es por lo que las mujeres tenemos fama de veletas. Que sepas que nos has hecho un flaco favor a todas, mona bromeó risueña la pelirroja. Dame diez minutos que me lave la cara y me prepare un café. Por tu bien espero que haya merecido la pena que me despiertes.

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Gina tuvo la sensación de encontrarse muy sola en aquel gran sofá de diseño que presidía el salón, por más que Alberto solo tardó un par de minutos en volver. Traía en las manos un envoltorio de colores vibrantes que sin duda contenía el frasco de la fragancia, tal y como le había prometido. Lo dejó sobre la mesita y se sentó a su lado. ¿Nada de champán y copas?, ¿nada de música ambiente con notas acariciadoras? No pudo evitar fruncir el ceño de pura desilusión, gesto que en absoluto pasó inadvertido para el experimentado seductor que era él. Después se dedicó a desabrochar y volver los puños de su camisa con parsimonia, fingiendo gran concentración. Cuando acabó de ponerse cómodo le preguntó:

¿Y bien, Gina? La chica casi se sobresaltó; ella también había estado absorta en los gestos de su acompañante. Levantar la mirada y encontrarse de repente con sus ojos clavados en los suyos la desconcertó.
Perdona… o sea, ¿qué? La había pillado completamente fuera de juego. Quizás no debería haberse tomado las dos últimas copas de vino.
Yo sé lo que quiero desde el primer día en que te vi, justo cuando tropezaste al salir de aquella tarta horrible. ¿Qué quieres tú? 

Martina, su gran guía y mentora en los asuntos prácticos de la vida, le había enseñado que con los chicos siempre había que tener un plan B. “Nunca contestes preguntas comprometidas, Gina. Si no sabes qué decir y no quieres pasar por tonta, lánzate a la acción y haz algo inesperado”. Y eso hizo, por toda respuesta le besó en la boca. Sobre el grado de comedimiento en la acción su amiga no había dado más detalles, así que se dejó llevar por completo…

Julia C.