domingo, 28 de enero de 2018

Cita a ciegas (V)



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Naisha respiraba entrecortadamente, presa de un repentino ataque de ansiedad tras el portazo de Andrés. Se arrepintió al instante de todo lo que había dicho, no era su intención mostrarle esa cara terrible de su personalidad, pero estaba hecho; lo había estropeado y sabía que no habría vuelta atrás. 

Intentó recordar las técnicas de relajación que había aprendido en la consulta, pero lo único que acudía a su mente, como si fueran piezas de un puzle absurdo, eran ciertas imágenes: una impoluta bata blanca recién planchada, cojines color canela repartidos por un mullido sofá, una mirada verde esmeralda capaz de traspasarla, luz entrando a raudales por un ventanal para bautizarla en su desnudez, unas manos grandes y velludas recorriéndole el cuerpo con lascivia. Sí, había mantenido una relación fuera de toda ética profesional con su psiquiatra. Y él, que se suponía iba a ayudarla a superar sus problemas, terminó por hundirla aún más profundamente en su propio pozo de confusión cuando recapacitó y decidió no volver a verla más. La historia parecía repetirse sin final desde que el hombre más importante de la vida de Naisha, su padre, las abandonara a su madre y a ella siendo una adolescente. Su vida amorosa había sido siempre un rosario de desilusiones tanto mayores cuanto mayor era su obsesión enfermiza por establecer una relación de pareja a toda costa. 

No conseguía calmarse, así que se levantó y buscó con urgencia su bolso, ¡necesitaba las malditas pastillas! Mientras tragaba un par de ellas con sorbos precipitados de champán tibio, concibió la esperanza de sobreponerse, de poder hablar con él tranquilamente cuando saliera del baño y hacerle comprender que todo había sido un error, que los nervios le habían jugado una mala pasada y que no volvería a repetirse. Andrés la quería, de eso estaba segura, y tenía que luchar para que su historia saliera adelante. Esta vez todo iría bien, se merecían una oportunidad.

**********

Cuando Andrés abrió la puerta, algo temeroso de tener que enfrentarse a una nueva escena de histeria, el panorama había cambiado sustancialmente. El aire de la habitación se percibía fresco y renovado por efecto de la ventana abierta, las sábanas de la cama lucían extendidas y los restos de la cena reposaban, bien recogidos, sobre la mesita auxiliar. Naisha, con el vestido a medio poner, alisaba su melena frente al espejo. Los cercos negros de rímel que rodeaban sus ojos y el gesto del rostro, ligeramente desencajado, habían disipado cualquier atisbo de atractivo que ella pudiera tener la noche anterior. La mujer actuaba con aparente naturalidad, parecía haberse calmado por completo, lo que fue un verdadero alivio para él; aún tenía esperanzas de salir de allí sin más percances

¿Me ayudas con la cremallera de la espalda? No quiero molestarte, pero es que sola no puedo Su tono de voz era aterciopelado y quizás un poco pastoso.

Andrés se acercó con recelo e hizo lo que ella le pedía, poniendo mucho cuidado en no aproximarse más de lo necesario y en no hacer nada que pudiera confundirla sobre sus intenciones de poner fin de inmediato a ese capítulo de su vida. Cuando hubo terminado Naisha se volvió para mirarle con intensidad.

Ha sido muy hermoso lo que ha sucedido entre nosotros esta noche, ¿no crees? Estos encuentros pactados por internet no siempre salen tan bien como el nuestro, somos muy afortunados. Andrés no daba crédito a lo que oía de labios de aquella perturbada. Dudó entre contestarle o guardar silencio y finalmente pensó que lo mejor sería dejar las cosas claras de una vez por todas. No pretendía ser cruel, pero con medias tintas y cortesía no iba a lograr que ella entendiera.  La tomó de los hombros para dar más énfasis a su discurso.

Naisha tú eres una mujer deliciosa, un lujo para cualquier hombre, pero yo ya estoy casado y soy feliz con mi esposa. Es cierto que Mirella y yo tenemos una conversación pendiente sobre lo que ha pasado aquí esta noche, sobre algunas cosas que no entiendo, pero bajo ningún concepto voy a renunciar a ella, ¿comprendes? Tú has sido como un sueño hecho realidad, en serio, pero la claridad de la mañana pone fin a todos los sueños y el nuestro se ha terminado. Encontrarás a alguien que te merezca y serás muy feliz, ya lo verás, pero ese alguien no soy yo. 

Naisha fue crispando el rictus de su boca conforme escuchaba las odiosas palabras de Andrés, entornando los ojos hasta convertirlos en dos rajas siniestras que solo expresaban ira, desprecio. Apretó con tanta fuerza lo que sostenía entre las manos que se le convirtieron en dos garras doloridas y blanquecinas. Se hizo daño, pero mucho peor que el dolor físico fue el psicológico, un sufrimiento profundo que provenía de sus muchos traumas pasados. No podía ser, no consentiría un nuevo abandono cuando ella lo había puesto todo de su parte, y en un acto instintivo que no pasó por el filtro de su razón, le clavó a Andrés con todas sus fuerzas el objeto que momentos antes la hería a ella. De los pequeños agujeros abiertos en su cuello empezaron a brotar rojos regueros de sangre. 

Naisha ya no tendría con qué sujetarse el pelo, pero tampoco le importaba lo más mínimo en aquellos momentos.

Julia C.


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